Terra Incognita

Una blog de creación literaria, sesgada hacia la Fantasía © Ignacio Egea Rodríguez 2.004


La Torre de la Fuerza Permanente.

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.


Bertold Brecht.




Se alzaba unos cien codos por encima de la llanura, intocada por el tiempo. Las ruinas esparcidas a sus pies casi hasta donde alcanzaba la vista no debían ser de la misma época: el barro cocido no dura tanto. Tal vez una ciudad en los últimos días de las naciones; o un culto posterior a los Grandes Antepasados que construían torres que llegaban hasta el cielo y conocían todos los secretos.


-¿Vas a subir también a esta? No, no hace falta que me preguntes - dijo Ysopet con su habitual buen humor- Siempre lo haces. Bueno, no me importará andar solo un rato por aquí abajo. Haré un par de bocetos para enriquecer mi libro. Pero no tardes, que al atardecer baja la temperatura y querré cena y un buen fuego.

Me despedí de él y comencé la escalada. No es malo Ysopet, tuve suerte al encontrarle. A su servicio he recorrido medio mundo estudiando antiguos restos, trepando a decenas de torres, hurgando en muchos subterráneos, todos con nombres sugerentes en las leyendas: Las cuevas de la Eternidad Suspendida, las Islas del Temible Fulgor, la Ciudad de las Estatuas Parlantes. Ruinas fastuosas algunas, muchas con datos interesantes, todas inútiles para mi búsqueda, al menos hasta ahora. Tras una hora de difícil escalada vi que esta torre no iba a ser mejor: Algunos restos de maquinaria inertes y fragmentadas, víctimas de la Invasión, o de los cazadores de reliquias. Otra peregrinación fallida.


Sentado en la plataforma superior me dejé llevar del cansancio de la escalada, y del desespero de mi misión. Ninguna solución, ningún dato, ninguna arma para invertir una derrota que todo el mundo había ya olvidado. Yo no podía cambiar eso. Nada cambiaría nunca ya. Ysopet me esperaba sobre una gran piedra plana, tal vez los restos de un altar, calentando su diminuto cuerpo de sangre fría al sol rojo del atardecer, esperando pacientemente la cena. La vena de mi cuello mal cicatrizada me escoció al acercarse la hora de mi servicio. Una vez más tuve la tentación de no volver, de lanzarme allí mismo al vacío, de privar a su raza maldita de uno de sus criados, de una de sus monturas, de una sus cabezas de ganado.


La única cabeza que sabía que había habido otros tiempos. La única que estaba dispuesta a seguir buscando la solución. Me levanté y preparé la bajada hacia el llano, hacia mi amo, y di la espalda a aquella Torre de la Fuerza Permanente diciéndome que la única fuerza de ese tipo nace de nunca, nunca, perder la esperanza.


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Tal como fue relatada por el abad Francesco Lana, que pidió la presencia de Fray Guillermo en la abadía que regentaba, para que le asistiera en un asunto muy delicado que los profanos tacharon de maravilloso. Este abad fue luego mencionado en las crónicas por sus proyectos posteriores de una nave volante más ligera que el aire consistente en un armazón unido a cuatro esferas de cobre en las que se hubiera hecho el vacío.



Introducción:

Este texto, escrito en un pergamino hallado en el interior de un ánfora sellada con cera en el curso de unas excavaciones arqueológicas que tuvieron lugar en las catacumbas de Venecia con motivo del rodaje de Indiana Jones, ha sido traducido del toscano medieval y del latín eclesiástico por el insigne finólogo I. Egea. Las continuas citas en latín sin venir a cuento han sido directamente eliminadas, lo que ha permitido una reducción de la extensión primitiva del texto sin perjuicio de la comprensión. El manuscrito original tenía 585 páginas.

Comienzo del manuscrito:

-Empezamos por un hecho evidente: todas las cosas tienden a caer hacia abajo.

-Evidente pero engañoso, fray Guillermo. El humo tiende a subir, los cuerpos celestes giran eternamente en sus órbitas sin caer a la tierra. Vos sabéis tan bien como yo que la solución a esto, como a todo, ya la dieron los griegos.

-Sí, la gravitas specifica: que el caer consiste en que cada cosa dejada a su libertad tiende a dirigirse hacia el lugar que es propio de su especie: el lugar esencial del humo son los altos aires, el de las cosas terrenas la tierra, los de los cuerpos celestes, sus propios orbes cristalinos. No es doctrina de la iglesia propiamente, pero ningún fraile se ha visto en apuros por seguir a Aristóteles. Siendo ése el problema, no entiendo por qué mi presencia aquí era necesaria, abad Lana.

-Primero, por los rumores sobre magia y herejía que han propalado los legos que no han comprendido las alusiones que el sujeto hizo a máquinas volantes; pero sobre todo, porque lo que invoca no es propiamente la autoridad del Filósofo, sino sólo la suya. Y ése es el gran problema. Si alguien te malinterpreta y te llama hereje o brujo, y tú puedes responderle que ya lo dijo Aristóteles, aquí paz y después gloria, y vasta es la sabiduría de los antiguos. Pero si tienes que admitir que lo que otros han interpretado por herejía, aunque sea mal, es obra de tu mente, puedes tener serias complicaciones en tu defensa, aunque seas puro como un pichón.

-Sí, por desgracia es cierto. Pero antes de entrevistarme con él, me gustaría que vos me resumiérais sus teorías.

-Tienen cierta relación con la gravitas specifica que hemos comentado, pero de una forma demasiado endeble. Veréis, lo basa en una serie de observaciones que él mismo ha realizado.

-Peligroso será que diga eso en su juicio, si ese día llega. Continuad.

-Afirma que la única explicación que tiene el hecho de que un trompo no se caiga cuando gira es que los objetos en rotación, aunque sean terrenos, tienen, mientras giran, un lugar esencial diferente a donde caer que no es el centro de la Tierra.

-Sólo por eso, por decir que la Tierra tiene un centro, y por ende, es esférica, el populacho ya lo tomaría por brujo, aunque vos y yo sepamos que es verdad legada por los griegos. ¿Y qué lugar específico tendrían los objetos rotantes?

-Tenderían, según él, a mantenerse girando siempre en el plano en el que principiaron a rotar. Más allá de eso, sostiene que esa propiedad puede utilizarse para que un cuerpo terrenal pueda elevarse por los aires prendido a una serie de estos trompos y alcanzar de esta forma las esferas celestes. Y ahí colisiona gravemente con los griegos, que ya dijo el de Siracusa que hasta los mundos podían moverse si se disponía de un punto de apoyo que Fray Collino desdeña.

-No sería advertido por el Santo Oficio si sus trompos sólo los arrojara contra Arquímedes: nada más despertaría risas. Hay en esas ideas un profundo error oculto, mucho más grave que el que vos acertadamente captáis. Para que ese principium girotrompicum pudiera explicar el equilibrio de los trompos cuando giran sobre el suelo, dado que la superficie de la Tierra es redonda y no plana, no bastaría con un plano lugar común de gravitas para todos ellos, que eso siempre se podría aducir que los griegos lo dijeron y se nos había pasado por alto: cada trompo tendría su plano propio, en un potencial número infinito. Y dado que los planos ideales son infinitos de extensión también, todo el cosmos sería un punto posible donde hacer girar esos juguetes: desde la esfera de las estrellas fijas hasta el círculo Malebolge del infierno donde penan los adivinos y los magos. ¿Captáis la gravedad de esta idea?

-Ahora que vos la señaláis, sí. Según eso, y tiemblo con sólo decirlo, las leyes de la Naturaleza serían iguales en todas las partes del Cosmos. No habría un punto privilegiado, ni una diferencia esencial entre el Cielo y la Tierra. Esto es muy grave, porque no sólo colisiona con Aristóteles, sino que ofende gravemente el dogma de la Santa Madre Iglesia. Pobre Fray Collino, en lo que se ha metido. ¡Y yo que os llamé para que le escuchárais, porque creí que darle una oportunidad de explicarse delante de un hombre de vuestra inteligencia le pondría a salvo de las acusaciones del vulgo! Un desarrollo razonado de sus ideas ante un público docto le traerá la ruina tan seguro como si entre los cachivaches de su celda con los que experimenta hubieran encontrado una cabeza de Bafomet. ¿Qué podemos hacer, Fray Guillermo? Apelo a vuestra bondad, y a vuestra claridad de ideas.

-Podéis estar tranquilo, amigo Lana, que pase lo que pase, no será peor que si os hubiérais abstenido de llamarme. Lo mejor para él será dejarlo por un loco, por un necio apresurado, o si queréis por un hombre que ha perdido temporalmente el juicio por el mucho ayuno y trabajo. Con el apoyo de mi dictamen preliminar, lo recluiremos por un tiempo prudencial para que se reponga de lo que desde ahora llamaremos "su dolencia". Que vuestra autoridad de abad y la del médico le impongan silencio y le prohiban discursos y empírismos en adelante. Aunque sin duda, eso lo habréis hecho ya.

-Ay, no, válgame el cielo. Comprended mi situación. Yo pensaba que Fray Collino no sostenía nada herético, y que incluso de alguna forma podría armonizarse con la doctrina, para lo que contaba con vuestra agudeza. Así que no le prohibí, sino que le ordené, que pergeñara esa máquina volante de trompos que era la aplicación última de sus ideas. Ha fracasado hasta el momento en hacerla volar, y le dije claramente que su última oportunidad era hoy, fecha de vuestra llegada, para haceros a vos una demostración; para animarlo a que fuera diligente, le amenacé con toda suerte de castigos por parte de la Inquisición si no podía sosteer sus palabras con hechos. Desde la hora prima lleva encerrado en su celda laborando en ello. Encomendé a vuestro discípulo, el joven Watso de Milk, que vigilara sus quehaceres por la portilla de la celda cada cierto tiempo, y nos avisara si algo sucedía.

-Precisamente viene por ahí Watso como si lo persiguiera el diablo y con grandes muestras de agitación. Temo que nuestro paciente haya tenido éxito en su encargo, lo que no puede ser de ninguna manera, y, recordad, cosa que vos y yo siempre negaremos haber visto. Watso, Watso. No intentes hablar hasta que hayas respirado. Así está bien. Ahora habla, dinos qué te trae tan demudado. Y, como te he enseñado, comienza por el principio.

-¡Fray Guillermo, es un milagro! ¡Un milagro!

-Tate ¿ése es el principio?

-Perdonadme. Recomienzo. Fray Guillermo, señor abad, como me dijísteis, he abierto el ventanuco de la celda cada cierto tiempo. De nona a vísperas estuvo ocupado en ensamblar piezas de madera con cuerdas y otras cosas; yo lo observaba cada cierto tiempo. Volví de la cena hace poco y procedí a abrir el ventanuco: esta vez, en la penumbra de la celda se le veía claramente plantado en mitad de la estancia en actitud estática. La parte inferior era la mejor iluminada por la luz que se filtraba bajo la puerta; de ese modo pude ver que sus pies están separados del suelo al menos tres palmos, y a esa altura lo he dejado cuando he corrido a avisaros. Un milagro, sin duda.

-No, joven Watso- dijo suavemente el abad Lana- sino un hecho natural que debemos estudiar cuidadosamente a fin de poderlo armonizar con la doctrina. Y si no podemos, deberemos ocultarlo, en bien de los fieles. Entretanto, te conmino a que no hables a nadie de este asunto, joven padawan, perdón, que me he liado, joven novicio.

-La cosa puede no ser lo que parece- interrumpió Guillermo de Baskerville, con expresión sombría- Watso, me has dicho que la celda estaba mal iluminada.

-Sí, Fray Guillermo. Pero la luz alcanzaba a iluminar sus pies, que estaban claramente levantados del suelo, como ya os he dicho.

-¿Y esa luz iluminaba también un taburete, o un banco, tumbado en el suelo cerca de esos pies volantes? ¿Te fijaste en eso?

-¡Sí! ¡ahora que lo decís, había una banqueta en la postura que decís! ¿Cómo habéis podido saberlo? Sois asombroso...

-Ay, ay, - exclamó Guillermo de Baskerville, y salió corriendo hacia el interior de la abadía, seguido de cerca por abad y novicio, que le siguieron atentos a sus palabras- la navaja, la navaja, rápido, Watso.

-¿Con la navaja os referís a que este hecho maravilloso tiene una explicación más simple, que por su simplicidad es más probable que sea la verdadera, fray Guillermo?- le preguntó el culto abad.

-También es cierto lo que decís, padre, pero sobre todo, le estoy pidiendo a este joven que me dé el cuchillo barbero que siempre lleva consigo bien afilado, y con el que se deja la tonsura con esa media melena tan graciosa. Ojalá me equivoque, pero opino que la necesitaremos.

Abrieron la puerta de la celda a toda prisa. Una figura quieta seguía flotando entre la penumbra de las bóvedas, sus pies a dos palmos del suelo. Guillermo se acercó y lo estudió tristemente.

- Lo más cruel de todo es que si hubieras sido un poco menos discreto, querido Watso, y hubieras irrumpido en la celda al ver esa "maravilla", tal vez hubieramos podido salvar la vida del pobre insensato. No se te puede culpar, porque fuiste obediente. ¿No os habéis percatado aún de lo ocurrido? Las severas amenazas de que debía fabricar una máquina voladora útil, los fracasos continuos, la cercanía del inquisidor; la banqueta, los aparejos de madera y cuerda, los pies separados del suelo. El pobre ha sido víctima de la desesperación y se ha ahorcado, Dios se apiade de su alma. Watso, por favor, mientras lo sujeto por las piernas, súbete a la banqueta y córtale la soga.

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Ángeles tutelares.

“Vamos, vamos Predator
yo te quiero dar
mi amor por tus colores
y tus ganas de luchar”

Se abrió la puerta del ascensor, y salió la vecina del segundo, la del Alzheimer. La chacha ecuatoriana la llevaba resignadamente de la mano mientras la anciana se resistía al avance en direcciones aleatorias con la testarudez de los niños y tropezaba con los escalones que las nubes de sus ojos le ocultaban, todo ello entonando con voz de misa de siete aquella cantinela grotesca de barra brava que había servido para promocionar una más de tantas películas de sangre durante la retransmisión televisiva del Barcelona-Madrid del sábado.

Ya en otras ocasiones me habían llegado por el patio de luces sus versiones desfallecientes de Antonio Machín, de Manolo Escobar, Heidi, Marco, Vickie el vikingo, y hasta de Paco Ibáñez; gustos musicales aparte, no me chocó entonces esa memoria tan notable en una enferma, recitando a la perfección piezas asombrosamente largas, angelitos negros y coplas a la muerte de su padre completas; la memoria lejana de los ancianos es legendaria, aún de los seniles. Pero no era ése el caso en la cantinela de Predator, que había tenido que aprender muy recientemente mientras seguramente dormitaba a la luz de los rayos catódicos y miraba sin ver las figuritas de colores que corrían por la pantalla.

En el camino al trabajo seguía pesándome la imagen, y no pude evitar recordar una anécdota de la que fui actor, pero de la que no guardo más recuerdo que el relato de los testigos: aquella vez que saliendo de quirófano después de una peritonitis que casi me costó la vida me dio por cantar todavía inconsciente. Ninguna serie televisiva de ambiente hospitalario se atreverá jamás a llevar a la pantalla aquella escena pintoresca de un treintaañero corpulento que, mientras es llevado en camilla a reanimación, demacrado, abierto en canal y cosido en veinte puntos de sutura, ameniza el recorrido por los pasillos del hospital cantando “Dale caña a tu cuerpo Macarena” con su hermosa voz de baritono algo cascada por la abrasión de los tubos en la garganta.

El concepto de memes nunca me pareció más que un punto de vista muy antropomorfo para explicar fenómenos bien conocidos, como lo del gen egoísta, o la memez de Gaia: otra imagen ingeniosa que se convirtió en dogma de fe del pensamiento débil una vez fue llevada más allá de su original propósito didáctico. Pero en el autobús me llevó hasta la náusea existencial la imagen recurrente de nuestra especie vista como un ganado infantil, senil, ciego, y sordo; al mismo tiempo testarudo y dócil, como siempre es el ganado; un anfitrión anestesiado en cuyo interior Paco Ibáñez y Macarena luchan a zarpazos por la supervivencia apretujados en Legión con el Corán, el Esperanto, la etiqueta en la mesa y los chistes de Lepe. Demonios, aliens, ectoplasmas de la cultura que nos someten a servidumbre, y al mismo tiempo nos hacen lo que somos. El soplo divino, el monolito que escogió a un animalillo curioso de las llanuras y le entregó el mundo a cambio del noventa por ciento de su alma, con opciones al diez por cien restante pagadero en cómodos plazos de aceptación sin crítica.

Está el rebaño con el ciento por ciento ocupado: los poseídos por un demonio sin cara que lanzan un avión contra ventanas llenas de rostros que les miran, los pobres aliens nacidos por error en el cuerpo de un adolescente que se masturban en Klingon, los inquisidores de la herejía teológica, política, estética. Las palizas al que lleva otro jersey, otro peinado. El odio por sutilezas que más anima al que menos las entiende. El que vive más la vida del papel couché que la propia, y convierte en sus únicos vecinos y parientes a las sombras chillonas que viven en la casa de putas que regenta Mercedes Milá.

Estamos los que aspiramos a una ilusión de libertad reservando un pequeño jardín en el diez por ciento que de todas maneras no podemos dejar vacío, y lo vamos poblando con nuestras propias creaciones, que se convierten en nuestros amigos imaginarios, en nuestros propios paisajes, nuestras mascotas. Y sin olvidarnos de dejar un hueco a los Invitados, las sombras de otros jardines más vastos, que siendo lo que son, espíritus, tal vez en otros jardines peor cuidados se hayan convertido en potestades y se hayan apropiado la cabeza de pobres diablos como los que hoy rezan en élfico, o los que en el pasado se batían a primera sangre por un quítame allá esa rima y se suicidaban por romanticismo. No se les puede culpar por ello; la tentación de hacernos la vida más sencilla buscando un amo a quién servir siempre estará presente.

Pero los mismos seres intangibles que pueden ser demonios o tiranos pueden ser aliados, fieles compañeros de una vida. Pueden abrirte paisajes que abarcan más allá de lo que nunca dibujaste en tus mapas. Amigos que nunca te abandonarán; ejemplo y consejo, si se lo pides. Un escudo y una armadura, un arco y flechas para abatir serpientes, una linterna para la oscuridad, un guía a través de selvas umbrías y círculos infernales. Aliados, amigos, abogados de tu libertad, espíritus tutelares: ángeles custodios.

La tonadilla del aserejé se arrojó sobre mí desde el hilo musical del autobús. Intenté conjurarla con Brahms, difícil de tararear, un esfuerzo inútil. Recurrí entonces a los pocos fragmentos que atesoro en mi recuerdo del otro poema de los dones y empecé a recitarlos como un mantra, como una letanía, como una petición de ayuda a mis ángeles tutelares. Y di gracias por la razón, que no cesará de soñar con un plano del laberinto, por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises, por el mar, que es un desierto resplandeciente y un epitafio de los vikingos, por el oro, que relumbra en los versos, por el épico invierno, por el nombre de un libro que no he leído, por el último día de Sócrates.

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Cydonia.


-Nunca he entendido por qué llaman a esto “la Cara de Marte”.- Nerea se aburría, y estaba disgustada. Podía notarlo desde lejos por su forma de echarse el jersey por los hombros y sentarse desdeñosamente sobre el capó del rover. No hacia tanto frío en esta nueva atmósfera recién fabricada.


-Fue por una foto que se tomó desde un satélite antiguo. Un juego de luces y sombras, y un poco de gestalt.- Le respondí por el walkie.- Y luego, histeria, intereses creados, superstición. Lo de siempre.-


El walkie chiporroteó por la estática. En Marte no hay todavía una Teranet global de microondas, otro signo más de atraso que a Nerea le sacaba de quicio. Al principio había accedido a acompañarme allí todo el bienio sabático por un snob y atávico sentido de la aventura: en tres meses de viaje y ocho de trabajo de campo había acabado harta de todo eso. La semana siguiente llegaba el Exprés al ecuador. Era temporada baja, y de todas formas, Marte había sido el fracaso turístico del siglo. Seguramente habría plazas libres. En ese momento tuve la certeza de que iba a abandonarme.


-Pues vaya mierda de montón de rocas amorfo. Teo, se está haciendo de noche. ¿Vas a seguir mucho tiempo ahí arriba?


-Llevó el visor nocturno, y esta noche salen las dos lunillas. Una hora más ¿vale?


-No puedo esperarte, Teo. Tengo frío, casi no llevo nada puesto. Y tengo que recoger unas cosas que encargué en Ray's- mintió, con cada vez menos convicción.


Primero su desliz con aquel tipo del que se disculpó a duras penas. Y ahora, el ir y venir a aquel centro turístico semi abandonado. Aquel centro hortera decorado a la entrada con una enorme cara de marciano con aspecto de faraón. Con cómodas habitaciones. Con un monitor de rappel microtatuado. Ésa era para ella la Cara de Marte: la de un chico sofisticado y moderno, un faraón de la nueva ola que trepaba a las torres de cinco mundos y luego dormía en microgravedad, y reía y jodía continuamente. No valía la pena luchar.


-Bueno, cielo, vete si quieres y programa el rover para que luego venga a buscarme.- Desde lo alto de la meseta la vi marcharse, levantando espesas nubes de polvo trescientos metros más abajo y clara e imprudentemente en conducción manual. Sin duda tenía prisa.


Volvería de madrugada, o al amanecer, unos pocos días más una cáscara distante antes de la partida. Pero para mí aquella fue la despedida. Hoy en día todo el mundo lo ve de otra manera; todo el mundo sabe que un matrimonio no dura para siempre. Pero habían sido cincuenta años juntos, y la mayor parte del tiempo plenamente felices, con nuestros cómodos y modestos trabajos de archiveros, nuestro apartamento casi sin conexiones, nuestro jardín. Pero el mundo cambia cada vez más deprisa, y todos cambiamos con él a mayor o menor ritmo. Simplemente, su ritmo de cambio había acabado siendo mayor que el mío. Y la plasticirugía, y el sexo terapéutico, el reiki coránico y los arreglos de A.D.N. habían acabado introduciendo una treintañera extraña en mi vida, y un fósil entrecano en la suya: un ser amargado e importuno que la estorbaba, y que ahora tendría que retomar una vida sin ella que ya ni recordaba, mientras la vejez inevitable de los no modificados se le iba acercando quien sabe si como única solución, como la única compañera perdurable.


Conecté el ampli de visión, y me concentré en mi búsqueda. Nunca hubo una civilización en Marte que esculpiera caras que miraban tristemente al cielo. Pero hace mucho tiempo hubo vida, la vida que fue nuestra antepasada, que danzó ingenua en las charcas de un mundo joven hasta que fue erradicada por el clima, por la inadaptación, por el curso inexorable del tiempo. Esta meseta de Cydonia estaba situada en una zona de transición entre las planicies que fueron una vez fondos oceánicos y el terreno continental del sur. Hace más de tres mil millones de años pudo ser un islote junto a una hermosa y tranquila playa solitaria.


Separando dos lascas de carbonato encontré por fin lo que buscaba. Un hermoso ejemplar, tal vez el mejor fósil marciano del mundo, lo que sería una gran noticia para los quinientos miembros de mi grupo de Usenet y poca gente más. Un vermiforme de simetría trilateral, con tres juegos de apéndices bucales no articulados. El amplizoom incrementó su resolución para apreciar los detalles. Dos centímetros. Un gigante para Marte. Por su ubicación y estructura, debía ser uno de los fósiles más modernos nunca encontrados, en la frontera del Apocalipsis marciano de los tres mil trescientos millones de años. Las branquias eran bien visibles. No se encontraban trazas de degeneración, de adaptación al frío y a la anoxia. Cada vez era más obvio que la muerte había llegado bruscamente, en un instante de tiempo geológico que la evolución no pudo sobrellevar, y no en una lenta y gradual decadencia y ruina. Mejor para ellos, pobrecillos.


La vista desde allí era espectacular. A la luz del atardecer, desde aquella altura, el pequeño horizonte marciano se me mostraba limpio y nítido en el nuevo aire: cada risco, cada llanura, cada cráter grande y pequeño. Me despedí de ellos con la mirada, y de las dos lucecillas en el cielo rosa púrpúreo, y me despedí también de mi pequeña adquisición. Había acariciado la posibilidad de bautizarla como Nerea Cydonica, en señal y recuerdo de lo que fue: un pequeño animalillo de cuerpo blando y ciego que nadaba inocente por unos mares hace mucho tiempo desaparecidos, hasta que el mundo cambió a su alrededor y no pudo soportarlo. Lo observé más atentamente a la luz del foco y entonces, frente a mí, vi la verdadera cara de Marte. Los apéndices bucales amorfos de otras especies marcianas anteriores habían evolucionado hacia unos ojos y una boca picuda. Una carita diminuta muerta y petrificada hacía eones me miraba, y parecía sonreir tristemente. Le devolví la sonrisa, y luego lloré por ella, y por mí, y por todos los fósiles del pasado que habían sido barridos por la marea del tiempo, o se habían extinguido para dar paso a especies más fuertes, más modernas y mejor adaptadas.

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Hágase la luz.

Este es ahora nuestro hogar. Frio y desolado, al principio añorábamos el esplendor y las luces brillantes, y los fuegos de la tecnología. En esta corteza semigélida, en esta atmósfera tenue, tan expuesta a las radiaciones del espacio, tan fina que se ven las estrellas desveladas, casi como en el vacío, nos hemos visto obligados a buscar refugios subterráneos. Huimos del frío, del enemigo y de la guerra.

Hacinamiento y hambre, los primeros años. Precarias ciudadelas bajo la superficie, atesorando el escaso calor geotermal. Pequeños viajes de exploración, en cortos radios alrededor de las entradas de nuestras ciudades. Sin vida. y el frío cada vez más intenso, y el calor de este planeta moribundo que se extingue. Y el largo sueño.

Siglos de duermevela. Maquinas que nos cuidan en su vigilia de autómatas. La energía, incluso así reducida, que se desvanece poco a poco. Y de repente un ping que nos estremece en sueños, la alarma que avisa de un hecho largo esperado, pero sorprendente.

Hasta en un infierno helado como este, la vida se abre camino. Exóticas reacciones químicas, lentas, torpes, inexplicablemente frías. Las máquinas prosiguen su vigilia. La evolución recorre su largo y ciego camino. Y dormimos, y esperamos.

Tanto, tanto tiempo. Ocasionales averías, la incertidumbre inevitable, la entropía, diezma nuestro número. Con un ojo abierto, a duras penas, seguimos el proceso. Y el discurrir del tiempo, tantas veces adverso, nos depara ocasionales ventajas.

El Sol madre de este guijarro helado gana poco a poco en resplandor mientras avanza a su madurez. Ocasionales, pero intensos periodos de vulcanismo, se aunan a esto para crear periodos un poco más benignos. Despertamos del todo por primera vez en eras, y sobre las extensiones más calientes de la corteza, los supervivientes de este largo viaje a través del tiempo, nos reunimos y decidimos.

Pronto este mundo volverá a ser completamente hostil, y poco a poco nos extinguiremos. La opción está tomada. En un breve periodo de derroche, invertiremos las energías que nos hubieran permitido subsistir en letargo hasta el fin de este Sol. Abocados a un fracaso a la larga, nos jugaremos ahora el todo por el todo. Y nuestras armas serán las mentes.

Manipularemos la evolución de la vida en este mundo. Especies exóticas, pero prometedoras a su manera, pueden ser dominadas e impulsadas hacia un embotado y premioso grado de inteligencia. Hacia la tecnología. Hacia la capacidad energética que nos libere. Entraremos en sus mentes, liberaremos la llama de su sabiduría, y ellos liberarán para nosotros el fuego nuclear que no sabemos administrar por nosotros mismos en este entorno. Encontrarán alguna manera, porque para la vida nada es imposible. Y tal vez entonces este mundo nos será más fértil, y prosperaremos, y volveremos al espacio.

¡Tan cerca de la consumación de los tiempos, tener que fracasar ahora!. Tras tanto tiempo de dominio de estos seres, ser descubiertos por el enemigo. ¿O hay un traidor entre nosotros? ¿Es uno de nosotros el que trata de conseguir el dominio de las mentes de todas estas razas? Como un virus informático, los nuevos protocolos de comunicación que hacen a estas mentes insensibles a nuestro dominio se extienden. Si hubiéramos podido preverlo, aislar el foco de introducción... Pero estábamos tan confiados, casi al final de nuestro proyecto, sólo apenas atentos a ataques externos. ¿Quién podía prever que el caballo de troya aparentaría ser tan sólo otra más de esas criaturas? ¿de qué forma trucaron todo el entorno para que recibiera semejante ayuda?

Nuestros cálculos indicaban que estas nuevas mentes, bajo nuestro estímulo, sólo hubieran tardado unas cuantas generaciones en resolver el problema de la fusión nuclear en este ambiente frío y sin presión, de una forma que nosotros no hemos sospechado, cegados por el calor de nuestro origen. En unos siglos, hubiéramos visto la corteza fundida en magma. Tal vez incluso el Sol inducido a nova. Flujos de energía y prosperidad, y confort, y futuro. Y ahora, el fracaso.

Nuestros lazos con las mentes superficiales se cortan. Uno a uno, nos preparamos para una muerte fría y estéril, lenta en algunos casos, rápida y provocada por la desesperación en otros. ¿De qué sirve empeñarse en una supervivencia sin objetivo? Yo decido ingeniar modos de sobrevivir, me hundo aún más profundo en el exangüe calor geotermal y espero. sospecho que el que ha liberado estas razas de nuestra influencia es uno de nosotros, que ha decidido no compartir el nuevo futuro. O si no, aún así tal vez tenga nuestros mismos objetivos, y en unos pocos siglos millones de megatones de energía fundan los hielos y las piedras de la corteza, y pueda salir de mi refugio, que si no, se convertirá en mi tumba.

Y mientras me hundo en un sopor vigilante, con los últimos restos de mi equipo de comunicaciones, capto fragmentos de los nuevos protocolos circulantes que cortan mis últimos haces de control con la superficie:

"He aquí mi siervo, a quien he escogido;
Mi Amado, en quien se agrada mi alma;
Pondré mi Espíritu sobre él,
El reino de los cielos se ha acercado.
Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios;
sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella."

¿Habrá un futuro de luz para mí?

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El País del Ayer

Enoch Wallace preparaba café para Ulises. Levanté la vista del libro para admirar su cuerpo a la luz dorada del final del día. Dormía sobre mi regazo, la cabeza apoyada en mi pecho, menuda como un hada, o como un cachorro. Sus ojos ámbar de leona me miraron.

-¿No has pensado antes que estos pueden ser los días más felices de tu vida?- me preguntó.

-La felicidad sólo puede apreciarse en el recuerdo, en el contraste de la pérdida. Sí, puede que lo sean, pero no lo sabré hasta que te hayas ido para siempre.

-Eso no puede tardar mucho más, ya lo sabes. Y me quedaré con las ganas de que me digas que has sido feliz. Cuando yo no esté, llorarás de rabia queriendo que te oiga, gritarás como un loco como si tu voz pudiera oírse tan lejos.

-¿Y qué puedo hacer, ni ahora ni entonces?

-Te visitaré en sueños, y me lo dirás. Recuérdalo la próxima vez. Ahora, mi vida, ¡despierta!.

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El zapatero del emperador.

El nuevo emperador entró a su Corte inesperadamente, y con nada dispuesto. Con prisa, se arreglaron sus estancias, y se repartieron los cargos libres que su guardia pretoriana probada en mil batallas no fue numerosa para ocupar, o despreció.

El de bufón no estaba vacante, que al emperador ya le servía una cuadrilla de titiriteros de lealtad probada, que aparentaban ser unos muñequitos infantiles y degeneraban en turba de palizas y puñales cuando se les requería.

¿Qué hacer entonces con el antiguo bufón de corte, no menos experto que los anteriores en trabajos de puñal y fontanería? Tal vez fuera útil. Póngasele de zapatero, que nos amenize con la incertidumbre de si en los nuevos zapatos que al emperador le calce no va escondida una tachuela envenenada.

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Donde el odio yace para siempre.


Ha regresado. Ya no puedo soportarlo más. Ha vuelto a maltratarme. Volví tarde, que él dice que es tarde a las diez. Me olió a tabaco; notó que me había maquillado. Me arrojó contra la pared, luego me zarandeó en la cama con una fuerza terrible, entre gritos y amenazas. Por la noche, entró en mi habitación a oscuras y otra vez me hizo eso.

Madre no lo sabía, pero algo sospechaba. Ahora es imposible ocultarlo; yo se lo he admitido. Creímos que nos habíamos librado de él para siempre, pero ahora dice que ha vuelto para quedarse, que no lo podremos echar de aquí. Madre ha traído al cura, para que hable con él. No servirá de nada, no lo entiende. No se da cuenta de que todas aquellas palabras con las que nos castigó tantos años, impureza, penitencia, sacrificio, pecado, eran tan sólo armas arrojadizas, huecas de contenido para él; él, que sólo cree en la crueldad, en el odio, en el dominio.

El Padre Luis empieza su perorata, va a ser inútil: “sal de esta casa, deja en paz a esta inocente...”. “JAMÁS, JAMÁS”, grita él entre insultos y blasfemias, y mientras me hace descoyuntarme en convulsiones y vomitar en la cara del cura, veo que Madre mira de reojo el compartimento secreto entre las dos paredes donde creímos que el Mal yacía enterrado para siempre, hasta que ha sido evidente que está dentro de mí.


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Alcmene A


Aquella cabina de madera llena de ampollas de vidrio, como un cruce entre laboratorio químico y diligencia, era el prototipo A de la máquina del tiempo del Profesor Alcmene. Teóricamente resuelta, estaba ahora en las primeras fases de su uso práctico; Alcmene temía aún usarla como pasajero.

Pero estaba el problema del calibrado, y no se le ocurría otra forma de hacerlo que subir a ella y hacer breves viajes al pasado y al futuro, alternativamente, mientras ajustaba los tubos de Puluj. ¿Se atrevería a correr el riesgo?

Decidió hacer un poco de trabajo a motor parado y dejar la decisión para mañana. Cuando abrió la puerta de la cabina, se encontró a sí mismo, muy atareado calibrando.

  • Perdón, ¿le va a llevar mucho tiempo? - se dijo a sí mismo.

  • ¿De mi tiempo o del suyo? - le contestó su otro yo.

Los dos rieron, un poco por los nervios.

© Ignacio Egea Rodríguez 2.004

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