Terra Incognita

Una blog de creación literaria, sesgada hacia la Fantasía © Ignacio Egea Rodríguez 2.004


La paz y una sonrisa.

El matón pasaba por la calle sin horas fijas, con su fiel pistola siempre en una mano. A su paso las aceras se iban quedando silenciosas. Cobraba las cuotas de protección, marcaba el territorio, hacía sentir su presencia. A veces disparaba al aire, o contra los escaparates de los comercios remolones en el pago. En esas ocasiones disparaba muchas veces, y todos nos encogíamos ante los estampidos. Peor era cuando sólo se oía un disparo; el silencio posterior rechinaba en siniestros ecos dentro de tu cabeza. Salías a la calle y te encontrabas un cuerpo tendido, un cabello revuelto y sucio apoyado en el suelo, tintado de rojo y gris, un charco que se extendía lentamente por toda la calle, que salpicaba los adoquines y a todo el que pasara, que nunca llegaba a manchar los zapatos pulidos del matón, que se iba alejando de allí con parsimonia, su fiel pistola humeante en una mano, terminada su ronda de cobranza de dinero y de sangre. No miraba atrás, y a sus espaldas dejaba a alguien llorando, y a a algún otro que insinuaba si todo esto no sería culpa nuestra, porque éramos poco generosos, porque no le dábamos todo lo que nos pedía. Que la paz vendría el día que pagáramos todos los plazos.

Quién sabe si ya el precio está pagado.

El coordinador vecinal pasea ahora por las mismas aceras, ahora tranquilas, con su nuevo uniforme. Recauda las nuevas contribuciones, ronda las nuevas fronteras que ya mucho antes nadie era tan insensato como para cruzar. Las manos en los bolsillos, nos mira y nos sonríe. Nosotros le devolvemos la sonrisa. Pasa por los comercios y cobra las cuotas voluntarias. Una mano recoge los sobres, la otra siempre en el bolsillo, acaricia ese bulto que no muestra. Se sienta tranquilo en los portales, mira por las ventanas. Se asoma a nuestro patio, la mano en el bolsillo. Llama a nuestra puerta. Le entregamos los sobres sonrientes. Él mira al interior de nuestra casa desde el umbral, y se acaricia el contenido del bolsillo mientras también sonríe. Le damos las gracias y se aleja, y procuramos nunca dejar de sonreir. Porque sigue teniendo escondida esa cosa, y si algún día volviera a enseñarla, volvería el llanto y los estampidos, y volvería a salir alguno que diría que la paz se ha roto sólo por culpa nuestra, porque no hemos hechos nuestros pagos, porque no hemos sido lo bastante amables, porque algún descuidado, o rencoroso, no ha limpiado lo bastante las manchas rojas de la calle y eso le enfada.

Porque el apoyo y la comprensión de la gente va y viene, pero esa cosa que guarda en el bolsillo le seguirá siendo siempre fiel.

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El honor, la virtud, la vida.


-He venido como me pediste, fraile. ¿A qué me haces subir a esta torre, qué tienes que decir que no puedas tratarlo en el patio de armas?

-Temo que lo sospecháis, señor. He sido testigo de vuestros actos, sé lo que anida tras de ellos, y no quería que nadie más que vos oyera lo que tengo que deciros. ¿Cómo habéis podido faltar a vuestro honor de esa manera? ¿No os instruyó vuestro padre, el difunto barón, que Dios tenga en su Gloria, en todas las costumbres de la Caballería? ¿No os inculqué yo, desde pequeño, el temor de Dios y el conocimiento de su creación, de la Lengua Sagrada, de todas las leyes naturales y humanas? ¡Caer vos en ese error nefando! Vuestro honor requiere una inmediata reparación, la salvación de vuestra alma, la más completa penitencia.

-Nada me inquieta mi alma. He vuelto de la Larga Guerra con una visión diáfana de los demonios que anidan en mi interior, y a ellos brindaré todo lo que tengo y lo que soy, seguro de ser recompensado. Y si mi honor me importa, es por orgullo, y por cautela. Mucho dependo de mi posición y de mi crédito para conseguir mis fines. Por ello mi honor debe quedar a salvo, y por eso mi cómplice ha muerto esta tarde.

-¡Bien merecido se lo tenía! ¡Que ese acto sea el primero de vuestra expiación, y desde ahora enmendad vuestros impulsos, llevad vuestra vida por el camino recto, yo os lo imploro y el Señor os lo demanda. Con él muerto, sólo yo sé lo ocurrido, y será para mí como secreto de confesión. Por vuestro honor, por el recuerdo de vuestro padre, por el afecto que tenéis a este viejo que os sentó sobre sus rodillas y os enseñó a rezar, debéis arrepentiros y dedicar desde ahora vuestra vida a la virtud.

-La virtud, viejo. La virtud de tus arrugas, de tus manos temblonas y tu voz desdentada que se encamina a la tumba sin haber visto más allá del horizonte que desde esta torre se divisa, llevado a la fosa sin haber gozado jamás de la vida, como un borrego atado toda su vida en el establo es llevado al sacrificio, dócil, confiado en una promesa sin pruebas. Yo sé que al final de mi camino me aguarda, igualmente, la tumba, pero no he de gustar su oscuro sabor de tierra húmeda, esa nada sin premio ni castigo, sin haber explorado hasta el último recoveco de los ocultos y llameantes laberintos de mis deseos, sin llevarme conmigo el recuerdo de mil visiones y delicias prohibidas; tan sólo he comenzado ahora a andar los primeras etapas de mi peregrinación. La vida sin ese objetivo se me hace fútil y sin sentido. No sacrificaré mi vida a tu visión de la virtud.

-Sacrificadla entonces al honor, vos que sois tan gran caballero. Habéis aprendido que el honor de un caballero vale más que su vida.

-Con más motivo, el honor de un caballero vale más que tu vida, viejo.

-¡Qué decís!

-Digo que no voy a desviarme de mi camino, y que con la muerte de esta mañana no hay más testigos que tú. Sé de tu fidelidad a mi casa, y no me inquietaría porque trascendiera lo de hoy. Pero a lo de hoy seguirán muchos otros pecados, que a ti, ya avisado, no podré ocultarte, y no creo que al final sea más fuerte tu fidelidad a tu virtud que la que le debes a mi casa. Prepárate, anciano, es una larga caída, y si te sirve de algo, sabe que siempre te tuve un tierno afecto, aunque menos que el que me embargaba por al pobre muchacho que hoy he matado en ese extraño accidente de caza. No te rebullas, o te haré daño.

-¡Señor, os lo suplico, dejadme vivir, dejadme que me arrepienta y me encomiende!

-Tú que me enseñaste el saber de los griegos y romanos, qué roma es ahora tu lógica y qué flacas tus creencias. Has dado claro testimonio de tu fe, hoy, en esta torre. Has hecho todo lo posible por convertir a un infiel, un pagano, a un apóstata, y vas a dar tu vida por ello. Si lo que crees es cierto, al Paraíso vas, ¡eres un mártir!. Si tengo razón yo, te va a dar lo mismo, y en ambos casos, sufrirás menos y acabaremos antes. Tengo mucho que hacer.


Nota:

Así acabó el primer día de crímenes del barón Gilles de Rais, Mariscal del Delfín de Francia, los primeros entre muchas maldades, de extraordinaria rareza y crueldad, que tuvieron lugar en sus dominos por largos años y difundieron una niebla de mal en la región. Cuando su caso fue juzgado tiempo después, fue imposible componer un listado completo de sus víctimas. La muerte de su primer efebo, y la de su viejo ayo y preceptor, quedaron hasta ahora en el olvido, rescatadas hoy de la oscuridad por el peculiar poder de un narrador de ficciones que juega a hacer creer que todo lo sabe. La respuesta a quién estaba más cierto en su discusión, y de quién eran más fundados los motivos, si del apóstata o del fraile, este falso narrador omnisciente admite no saberla, por lo que ruega a sus lectores que ellos mismos juzguen.


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El último guerrero.

A sus pies se extiende un interminable tapiz de flores. Rojas amapolas y amarillos dientes de león, humildes margaritas mutadas, trémulos testigos de sus pesados pasos de acero y titanio, de sus dos toneladas movidas por plutonio que estremecen la tierra en su patrullar interminable.

Un largo tiempo de misión. Los primeros años sus pies articulados dejaban huellas en el barro de los cráteres, plomizo de cenizas radiactivas, bajo un cielo velado por los incendios de las ciudades y los bosques. Aquellos primeros tiempos fueron más movidos: aún se podía encontrar alguna unidad enemiga, rápidamente eliminada. Nadie podía competir con la eficiencia destructora de aquel último modelo, el arma definitiva diseñada para acabar con la guerra antes de que ésta acabara con todo.

El cielo fue perdiendo poco a poco su mortaja de nubes. Aquel modelo autónomo llevaba tanto tiempo sin recibir órdenes que recurrió a las características más avanzadas de su programación para tomar nuevas iniciativas. Algunas máquinas superficialmente parecidas a las del bando que lo había diseñado no respondían satisfactoriamente a los códigos de identificación. Sólo fueron destruidas aquellas que podían suponer un peligro para la unidad de combate; el resto fueron delicadamente inutilizadas, pensando en un futuro aprovechamiento, en aplicación de criterios alojados hondamente en su memoria y nacidos en los últimos estadios de escasez de una guerra total.

Pasó bastante tiempo para que las máquinas simplemente inutilizadas se corroyeran y convirtieran en simples montones herrumbrosos semienterrados entre las nuevas plantas que empezaban a arraigar entre los cráteres anegados por la lluvia. Aquellos restos esqueléticos daban un irónico complemento a los primeros rastros de vegetación mortecina, mutada, perlada de aberraciones somáticas que delataban los venenos nucleares y químicos que infectaban lo más profundo de la naturaleza de la vida. El calcinado campo de batalla empezaba a perder su uniformidad de colores y su orografía torturada a manos de la vida, la erosión y el tiempo; nada digno de consideración para aquella unidad de combate adaptable, pero especializada, que prosiguió su patrulla ajena a los cambios.

Nada se veía ya del campo de batalla y de las ciudades no quedaban ni ruinas cuando aquel guerrero infatigable tuvo que afrontar un problema nuevo: seres humanos, evidentemente civiles e imposibles de etiquetar como pertenecientes a ninguno de los dos bandos en disputa. No podían bajo ningún criterio ser considerados una amenaza para aquella maravilla invulnerable de materiales avanzados, semi desnudos como estaban bajo aquel nuevo cielo azul y más cálido, acompañados de lanzas y mazas rudimentarias. Pero su presencia era una intrusión, y elaboró nuevos protocolos recurriendo a las instrucciones sobre trato a civiles y neutrales implantadas en su memoria más por inercia y viejas herencias de programadores de otros tiempos que porque sus creadores consideraran aquellos criterios poco menos que absurdos en la última etapa de una época sin civiles y sin neutrales.

Los espantó con ultrasonidos, con gases de baja letalidad, con proyecciones térmicas poco intensas. Muy pocos de ellos, los más persistentes y osados, fueron, eventualmente, desactivados y almacenados pensando en un futuro aprovechamiento, como con las máquinas inutilizadas tanto tiempo antes. Al cabo de un tiempo la aparición de aquellos intrusos era tan frecuente que se vio obligado a subir la intensidad de sus acciones, y a articular respuestas más
flexibles. Erradicó toda presencia humana del teatro de operaciones predefinido y delimitó un perímetro de seguridad de miles de kilómetros que, para ahorrar desplazamientos al guerrero por un área tan vasta, fue atendido y guardado por submáquinas que estaba capacitado para construir y programar, que cumplían labores de alerta e intercepción de las intrusiones, excepto de las más graves que requirieran su intervención directa. Apenas pudo encontrar componentes mecánicos, y ni siquiera metales en bruto, de otras máquinas enterradas en el antiguo campo de batalla, tanto tiempo había pasado. Improvisó con lo que tenía a mano, incluyendo los restos de los civiles desactivados: lo único aceptablemente rígido de estos eran los soportes internos de carbonato cálcico, lo que le dio muchos problemas. Pero aquel guerrero era un sistema inteligente y adaptable, y finalmente tuvo su perímetro de máquinas ayudantes que con periódicas revisiones resultó muy eficaz.

Las leyendas hablan de un reino guardado por cadáveres, que espantan a los vivos con gritos aterradores, con miasmas fétidas y ponzoñosas, con dardos envenenados, con llamaradas letales que exhalan de las bocas sonrientes de sus calaveras. En lo más profundo de aquel lugar vedado
se halla un jardín bellísimo y tranquilo, una pradera de hermosas flores y árboles frutales, de animales mansos que no temen al hombre, por la que pasea siempre en soledad el rey de los muertos, un gigante negro y herrumbrado que cojea y chirría y cuya sola mirada mata. Son
historias muy antiguas, pero aún hoy pocos se atreven a ir, y nadie vuelve, con descripciones más actuales de aquel territorio.

Pero nada dura para siempre, y algún día los paseos cada vez más breves terminarán, y los muertos guardianes caerán de abandono, y en el centro del jardín florido, una estatua quieta para siempre, privada hasta del último rastro de energía, se alzará por un tiempo, cubierta de enredaderas y de bellas flores que rodearán a modo de guirnalda la cabeza inmóvil, una corona para el vencedor, un monumento accidental en memoria del último guerrero y de sus victorias que, de tan definitivas, devinieron fútiles.

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Pegado a la tierra.

El tren nos llevó a través de las Cataratas de Iguazú, ya desaparecidas. Una fina llovizna salpicó en nuestros impermeables, las gotas remolonearon por toda la vagoneta con esa trayectoria lenta de la baja gravedad. Cuando estaban ya casi todas en el suelo, se levantaron de nuevo hacia arriba, mientras nos aferrábamos a nuestras barras de seguridad y mirábamos con los ojos desorbitados nuestra caída por El Salto del Ángel, que daba fin a la Zona de la Tierra Natural. Pasamos luego por la Tierra de la Herencia: el Coliseo, Petra, Gizé, la Gran Muralla, a muy buen ritmo; aprovechamos una pequeña parada bajo la Pirámide del Louvre para bajarnos del tren. Esperaríamos el siguiente, descansaríamos y tomaríamos algo. Y aprovechamos para pasear sin prisa entre las obras de arte, que el niño se había empeñado en verlas.




La Pirámide era transparente, permitía ver el cielo estrellado, la Tierra llena y brillante, tan azul. Un espectáculo magnífico; no se vería tan hermosa dentro de dos días, cuando estuviéramos de vuelta allí. Todo pierde visto de cerca, todo se ve brillante en el espacio; por ejemplo, todos estos monumentos que en este Parque veo en una tarde, allí, pese a las cabinas de teletransporte, tardaría a lo mejor dos días o tres, y mucho más incómodo, lenguajes raros, gente cutre, cosas así. Y no siempre están las piedras en su mejor momento, en cambio aquí está todo nuevecito, y te lo dejan tocar. Mucho más claro y más didáctico para el crío, que yo, si viajo, lo hago por prefeccionar mi cultura. La gente que no se mueve se embrutece; hay que alejarse un poco de tu casa para apreciar realmente lo que tienes.

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Siempre fiel.

El chucho les llevó hasta allí. Ya había desenterrado cosas así en otras ocasiones, piedras con extraños trazos, y objetos brillantes que brillaban como si estuvieran mojados. Pero esta vez era todo un paraje lleno de objetos extraños, más altos que un hombre, algunos grandes como árboles, y todos llenos de aquellos trazos incomprensibles.

-Son como los dibujos que hacen los viejos en las cuevas- dijo la chica- Tal vez quieran también contar una historia.

-No sé, no lo creo - dijo él.- Mira, no se parecen a nada. Las historias sobre ciervos se cuentan haciendo rayas que se acaban pareciendo a un ciervo. Lo mismo con todo lo demás. Mira, un ciervo se hace así. Y ¿ves? esto es un caballo.

Se entretuvieron un buen rato dibujando con una rama tiznada sobre aquellos altorrelieves que no significaban nada para ellos. Ciervos, bisontes, peces, las mujeres del pueblo. Lo hacían bien; los dos eran muchachos muy inteligentes, los mejores que había encontrado el chucho hasta entonces.

Pero tampoco ellos habían sido capaces de interpretar los signos, de seguir las instrucciones que sacaran al amo de su letargo. Ya eran lo bastante inteligentes; era un problema de su cultura oral de cazadores. El mismo concepto de la escritura, para nacer, tendría que esperar a
un cambio social y económico que requiriera contabilidad de excedentes. Hasta ese momento, el chucho tendría que seguir su guarda unos milenios más. No mucho, al fin y al cabo, comparado con lo que había estado esperando, siempre con la paciencia infinita, con la fidelidad a toda prueba, de un buen perro que cuida el sueño de su amo y aguarda su regreso.

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Venus y Marte.


Los libros de falsa autoayuda reemplazan a los besos. El silencio impera a la mesa, el sarcasmo frente a la tele. Los libros, en la cama.

Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus; miras tu libro, pero a mí no me miras.

Nuestro amor no es Venus, sino Marte. No el astrológico, sino el real. Un mundo que fue humedo y cálido hace mucho tiempo, y que se ha vuelto seco, muerto, frío.

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Las Gastrocósmicas


Eran los tiempos de la sopa primigenia. Las islas y continentes estaban hechos de patata, y la vida primitiva flotaba en el caldo tibio como garbanzos, sus hebras de ADN alargadas como fideos, entrelazadas como fussilli. La Luna había salido poco antes del puchero de la Tierra, y dominaba el horizonte como una gran albóndiga flotante. Los géisers arrojaban a lo alto los componentes de la atmósfera: tocino, cebolla, ajo, perejil, en un borboteo continuo. Yo era un garbanzo feliz en el cocido, expectante ante el banquete de Historia Natural que se nos prometía, y te miraba a ti entre los vapores de los caldos, mientras flotabas despreocupada en la sopa primordial, tan hermosa eras, garbancito mío, bañada en apetitosa tocineta de lípidos y proteínas.
En el cielo se vio un astro espantoso, un cometa de metal de mal augurio, que se zambulló en nuestro mar espeso levantando grandes olas, dolor y pánico. El huso de brillante metal se hundió y surgió, elevándote al cielo consigo. Te perdí para siempre en la primera cucharada del predador que poco a poco nos devora a todos, del eterno comensal llamado Tiempo.

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El hombre de la Luna.













Lo encontraron desnudo en la hierba,
nadie sabía de donde venía.

Nadie dijo que cayó del cielo
mas del cielo volvió porque de allí habia caido,
tras una noche al raso mirando las estrellas,
y una caída a lo alto en un descuido.

Lo encontraron una mañana,
devuelto a la hierba por la marea del amanecer
pero ciego a la luz del nuevo día;

Deslumbrado por la noche,
sus ojos ya sólo podían ver estrellas.

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Anestesia.


La voz de la doctora era tensa, amarga. El hombre de negro que la acompañaba apenas se dignó mirar al paciente, enfrascado en la lectura de su portátil.

-Señor Rodríguez, ya tenemos los resultados de sus pruebas.

-Por la cara que trae, me temo que no son buenas noticias.

-No son muy buenas. Es una forma glandular de anhedonia. No es un problema psicológico, sino físico.

-He entendido lo de glandular, pero el resto...

-La anhedonia es la incapacidad para sentir placer con experiencias normalmente placenteras, como comer, relaciones sociales, sexuales. Generalmente es un síntoma de un trastorno del estado de ánimo, de la depresión, por ejemplo, aunque puede darse en otras enfermedades. Pero en su caso no es un síntoma, sino un síndrome de orden hormonal recientemente descrito.

-¿Entonces no estoy deprimido? Hubiera creído que sí.

-Es posible que pueda usted experimentar depresión debido a su enfermedad, como puede deprimirse alguien que pierda la vista o el uso de las piernas. Pero ni la ceguera, ni la hemiplejia, ni, en su caso, la anhedonia, son síntomas de depresión.

-¿Y qué tratamiento puede darse?

-Es una enfermedad reciente. Se ha estado experimentando con cócteles de hormonas y estimulantes, sin resultados concluyentes. Pero hay otro problema, una extensión de sus síntomas, que tiene consecuencias de orden administrativo. ¿le preocupa lo que le estoy diciendo?

-Sé que debería, pero... no.

-Exacto. No sólo no siente usted placer, sino tampoco dolor, ni miedo, incertidumbre, tristeza, ira o amor, salvo como abstracciones. No es la anhedonia psicológica. Es la completa desconexión entre su cerebro y los mecanismos somáticos que desencadenan esos estados de ánimo. Y esto tiene consecuencias graves. Se lo explicaré...

El hombre de negro, que apenas había prestado atención a aquel diálogo, la interrumpió de pronto.

-Doctora: está malgastando tiempo y disposición económica de la comunidad en explicar una situación a una entidad que no tiene derechos de paciente. Actuemos ya.

-¡Aún no he firmado el certificado médico, magistrado, así que actuaré de acuerdo con mis propios protocolos, y no tiene usted competencias para evaluar mi actuación! Señor Rodríguez: el nuevo Estatuto de la Persona Humana, aprobado recientemente, establece en su preámbulo que el Ser Humano se articula en sociedades organizadas llevado del amor, y que tanto la legitimidad de esas organizaciones para establecer normas como los derechos de cualquier persona humana dentro de esa sociedad se originan en la capacidad de sentir amor por los semejantes, y tienen como único objetivo permitir un mejor ejercicio de ese amor universal. Por la presente determino que el paciente con número de historial CBR-25000125-NMD no tiene la
capacidad de sentir ni ejercitar el amor que le determinarían como persona, lo certifico como cuerpo orgánico con funciones racionales que ha perdido la condición emocional de persona debido a una enfermedad y firmo oralmente el presente certificado de deffunción.¡Ya!

-Y yo, el magistrado de turno 34-567, tomo nota oficial de la defunción y de la existencia de un ser racional sin condición de persona, y en aplicación del Acta de Regulación de Robots Abandonados y Otros Seres Racionales No Personales, que establece que cualquier racional impersonal sin propietario definido pertenece a la Comunidad de Bienes, y ésta ha de establecer su reparación y/o reprogramación a fines útiles a la sociedad o su destrucción y reciclaje si su grado de deterioro impide su adaptación a un uso útil, dispongo que el pensante originado como consecuencia de la defunción de la persona con historial de paciente CBR-25000125-NMD no puede, de acuerdo con los informes preceptivos, ser reparado o reprogramado por medio del actual estado de las técnicas de robótica para que ejerza una función útil a la sociedad, por lo que dispongo su desactivación por medios análogos al sacrificio veterinario y el reciclaje de sus componentes orgánicos con vistas a una alimentación animal sana y equilibrada de acuerdo con la Ley de Derechos de los Animales y Plantas.

-Es curioso, yo era veterinario- dijo el robot orgánico inútil, sin variar el tono de su voz inexpresiva, mientras veía entrar al veterinario que iba a proceder a la inyección letal- y de acuerdo con la Ley, si yo no fuera inteligente, si en vez de robot, me hubieran considerado un animal, me hubieran permitido vivir en una Reserva Natural, adecuadamente alimentado, cuidado y estimulado cognitivamente, sin sufrir ningún tipo de daño, por el resto de mi vida natural.

-Sí, es curioso -dijo el magistrado en tono ocioso, más relajado al ver que las drogas mortíferas ya se habían inyectado en el objeto orgánico, y que éste no había ofrecido resistencia- La inteligencia es la peor maldición que se puede sufrir si uno no pertenece a ningún grupo. Me viene a la memoria una frase clásica, no recuerdo de quién, era algo así como: "Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que resuena" En fin, el resto del proceso no requiere nuestra presencia aquí. Adiós.

Las tres personas que había allí abandonaron la sala. El ser orgánico pensante se quedó solo, tumbado en la camilla. Se preguntó a qué animal irían destinados sus restos. Había ahora una interesante iniciativa de recuperación del buitre leonado, aunque también estaban casi extintos los tiburones. Empezó desapasionadamente a tomar nota de las sensaciones que le iban abordando a medida que las drogas iban paralizando su sistema cardiorespiratorio. Había perdido el control de sus extremidades. Pequeñas manchas brillantes como luciérnagas imaginarias iban enturbiando su visión. Tal vez fuera una ilusión suya, pero le pareció notar una leve recuperación de sus emociones justo en el momento en el que el pentotal sódico paralizó definitivamente su diafragma. Ya no podía mover la cabeza, pero por el rabillo del ojo podía ver las amplias cristaleras que daban al amplio jardín que rodeaba al Centro Médico. Por allí vio pasar al grupo de tres, con el magistrado sonriendo, tal vez contando chistes, haciendo grandes aspavientos de cordialidad, puede que para borrar la tensa impresión que en la doctora había causado su severidad anterior. Y en ese momento, y ése fue su último proceso consciente, sintió una punzada de envidia por aquellos seres, que eran capaces de organizar su existencia en torno a bellas palabras, que eran capaces de conflicto y reconciliación, de lucha y colaboración, porque eran seres humanos, porque estaban vivos, porque amaban.

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El sueño y la espera.



-Ay, ay, ay. Petra ¿estás ahí?

-Claro que estoy aquí ¿dónde quieres que vaya? ¿Qué te pasa? ¿Has vuelto a soñar?

-Sí, ay, qué impresión. He soñado con guerra, con bombardeos aéreos, con incendios. Con niños que lloraban, que pedían auxilio desde casas en llamas. Creí que lo estaba viviendo. Ha sido horrible. Petra ¿por qué sueño?

-No lo sé, Felipe. Yo, mira, estoy aquí tumbada, y no he tenido ningún sueño desde hace años. Te escucho, te contesto, y cuando no, me hundo en mi reposo tranquilo y fresco. No sé por qué te pasa eso; pero algunos de los sueños que me cuentas son tan hermosos, tan llenos de vida.

-Sí, pero otros, como éste son horrendos. Te envidio, la verdad. Mis sueños son tan horribles que pienso si no serán una señal, un aviso. Algo tienen que ser: no es normal que sueñe alguien en mi situación. Tal vez son un presagio de cosas por venir.

-¿Y qué puedes hacer tú? Tú te crees que Dios (si es que ha sido Dios el que hace esto) te ha enviado estas señales para que luego tú no puedas hacer nada ¡Estamos muertos! ¡Hace años que reposamos tumbados en estas fosas! Tómatelo con calma, deja pasar el tiempo lo mejor posible hasta que venga lo que tenga que venir. No esperes nada. Simplemente, espera.

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El Banquete.


Tengo sobrepeso de penas y alegrías. Mira mis carnes: la corteza quemada, ennegrecida en la constante brasa, cobija un interior que se mantiene tierno y delicado; todo lo baño de abundante salsa agridulce, y acompaño cada bocado de largos tragos de bebidas refrescantes pero amargas, cuyo exceso hace reir y llorar, hace cantar en voz alta y soñar en silencio.

Cuando acabe el banquete me he de quedar, porque es inevitable, flaco poco a poco hasta los huesos, y me tenderé a echar la larga siesta en la penumbra. Entre tanto, como y bebo, río y lloro, hablo cuando me place, y, a veces, medito silencioso levantando mis ojos del fondo de este vaso. Y brindo, ahora y siempre, con el néctar amargo y refrescante que es mi libar de cada día: por todos vosotros, por los que levantan conmigo su copa, por los que la levantaron, por los que algún día harán en esta mesa de todos un festín y probarán manjares que no puedo imaginar, mas que no envidio.

Y cuando brindo por los que vendrán, ruego en mi interior que me perdonen por dejarles esta mesa tan desordenada; claro que no estaba mucho mejor cuando me uní a la fiesta.

Por todos ellos, por vosotros ¡Salud!

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El retorno de Alcmène.

Ya había pasado la época de arriesgarse, yendo y viniendo del presente al pasado, al futuro. Un maduro profesor Alcmène utilizaba ahora su máquina, sobre todo, para experimentos automáticos, para viajes sin piloto con rutas programadas y todo tipo de instrumentos haciendo mediciones.

Le era muy útil para esas labores otro invento suyo: el Torno de Alcmène, un tambor giratorio programable, una evolución sumamente compleja y versátil de los rodillos dentudos que marcan las melodías de las cajas de música. Había desarrollado el mecanismo ya en los inicios de su carrera de inventor, cuando pensaba que el viaje en el tiempo podía ser peligroso, hasta mortal, para un pasajero humano. Pero unas décadas antes, los metales raros, el germanio, el francio, necesarios para componer el Torno, eran escasos y demasiado caros. Y el Torno se desgastaba, rápida, inevitablemente, con el uso.

En los años posteriores a la Guerra el precio de los materiales se redujo notablemente. Un acomodado Alcmène se vio con la posibilidad de fabricar y usar muchos tornos, y reponerlos a un coste razonable. Fue casi el fin de sus viajes por el tiempo. Un perfeccionamiento del diseño le permitió, además, usar un torno muchas más veces antes de su deterioro.

O eso pensaba él. De repente, notó que los tornos perfeccionados presentaban, de nuevo, una tasa de desgaste inexplicablemente alta. Además, observó que, por algún extraño efecto, que se preguntaba si era un efecto secundario de los repetidos viajes temporales, los tornos que resultaban estar averiados, sufrían una involución de diseño, volvían a ser como los tornos primitivos que usara en sus primeros años.

Entonces lo recordó todo. Esa noche abrió de súbito la puerta del laboratorio, y se encontró a sí mismo, más joven, más fresco, más atrevido, sustituyendo disimuladamente los tornos nuevecitos por tornos viejos, hechos polvo, del año de la polca, y nunca mejor dicho, tornos agotados que disimulaban su desgaste con una buena limpia y una oportuna capa de purpurina.

-¿Pero no te da vergüenza?, ¡¡aprovechado!! - le gritó a su otro yo, mientras éste huía con su presa, a través de la máquina del tiempo, hacia el pasado.

-¿De qué te quejas? ¡Tú también lo hiciste! ¡Cínico!

Cínico no, se dijo, desmemoriado por la edad. La simple precaución de un cerrojo nuevo hubiera evitado este latrocinio, que ni siquiera entonces estaban precisamente los Tornos baratos. Al viejo Alcmène se le hizo evidente que los viajeros del tiempo que olvidan su historia están condenados a repetirla.

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El juego de las nubes y las sombras.

El sol, el cielo, la hierba de los prados, los pétalos blancos y oro de las margaritas inundan mis ojos de luz. Tumbado boca arriba, dejo pasar las nubes frente a mis párpados entornados. Las pestañas se antojan una telaraña adornada de gotas de rocío; las nubes siguen desfilando lentas, incansables frente a las rendijas que protegen la modorra, el dulce vagar de la imaginación, el suave murmullo de la brisa, la escucha distraída de una voz cercana que cartografía con su imaginación las nubes pasajeras.

Parece un perro, una flor, un león, un ave. Un castillo en el cielo, las ruinas de un templo sumergido. La voz también parece ser cualquier sonido: el sonido tan familiar de mi compañera, el zumbido sordo de la radio, los gritos de los niños que jugaban hace tanto tiempo bajo mi ventana, el susurrro del viento. Con los ojos cerrados mi mente vaga entre las nubes, bajo la tierra, por los caminos de las estrellas, tan lejos que me parece oír la voz como procedente de otro mundo. La voz de otra ella que me acompañó gran parte de mi vida, y a la que nunca conocí. La voz de tantas otras. Si las nubes pueden parecernos cualquier cosa, pero siempre adoptan configuraciones familiares, ¿no podrá ser que en la voz que hemos elegido para que susurre a nuestro oído todas las tardes y noches de ojos cerrados del resto de nuestra vida, creemos encontrar todas las voces anteriores, igual que las nubes acaban adoptando todos los rostros?

Una flor compuesta de camomila, cientos de minúsculas flores doradas que se agrupan, que nos engañan con una corona de hojas blancas modificadas para hacernos creer que es sólo una. Arranco los falsos pétalos de una margarita, me quiere, no me quiere, me quiso, no la quise, sí, no, sí, no, un juego que termina, una respuesta que es "no" para siempre cuando la corona ha perdido todos sus pétalos, cuando todos los tiempos se terminan, cuando sabes que no volverás a pasear con ella sobre la hierba verde y fresca, cuando no sabes dónde está y el "no" final, siempre repetido y eterno del silencio te deja claro que no has de encontrar su escondite, que no la verás más, que el final llega y nunca acaba.

Todas las nubes, todas las caras, todos los recuerdos; todas las sombras que parecen seguirnos más allá del campo de visión, sombras que, al volver la mirada, descubrimos que sólo contienen la gran ausencia que nos persigue, que nos acecha, que nos hiere, que florece en todo su significado cuando se han marchitado también las margaritas que brotaron de noche en la tierra fresca de las fosas recién removidas.

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El Rostro que Acecha en las Sombras.



Los ojos terribles refulgían en la oscuridad. Sus blancos y rojos colmillos traspasaban como sangrientos faros la sombra que velaba su cara, la sombra que arrojaban sus garras extendidas cernidas en un audaz escorzo sobre el pebetero en el centro de la ilustración, que era la única fuente de luz, a juzgar por la distribución de claroscuros, por las audaces mezclas de colores de matices encendidos que daban su impronta al fondo, a la figura demoníaca que parecía abalanzarse desde las tinieblas exteriores, a los brillantes y abultados músculos del bárbaro que aguardaba, impávido y alerta, junto al fuego que arrancaba chispas de su espada.

-Una magnífica ilustración, muy retro, me recuerda mucho a Boris Vallejo, Buscema, Conan, todas esas cosas antiguas, en fin. - la voz del editor no sonaba muy convencida, pese a todo.

-Justo lo que me pediste ¿no? Estilo retro, nada de experimentar, nada de política ni por alusiones casuales, nada que pueda ser ofensivo, todo fantasía. Tengo esta portada, y la he cuidado mucho por ser una especie de presentación, y ya tenemos casi terminada la primera aventura, que verás que tiene muchísimo nivel. Todo muy clásico.

-Sí, en fin, ya sabes que no está el horno para bollos. Hemos dado un giro editorial claro, hemos abandonado todas las temáticas actuales, para evitar polémicas, y nos vamos a dedicar a puro escapismo, al estilo antiguo, aventura, y nada más que aventura. Pero hay un problema, verás: esta ilustración... es un demonio, ¿no?.

-Hombre, tiene cuernos, alas de murciélago, colmillos, cinco metros de alto y bastante mala leche. En la historia se lo llama Nahagorr, El Rostro que Acecha en las Sombras, y se lo define como el único superviviente de una raza olvidada, pero sí, se podría decir que es un demonio. Típico de la espada y brujería. ¿Por?

-Es que, verás, hay gente que cree en estas cosas ¿sabes? No que crean en su existencia, como los católicos, que les da más o menos igual cómo los pintes, sino gente que cree en ellos de verdad, que los respetan. Es una creencia tan respetable como otra cualquiera. Y nosotros también tenemos que respetarlos a ellos, y ya has visto que de un tiempo a esta parte todo el que recibe quejas por estos temas se le encadena un problema con otro, y va para abajo, y nadie sale a defenderlo porque al que lo hace también le va mal. Estos son otros tiempos, son tiempos de respeto, el respeto a los demás tiene que ir ante todo.

-Pero bueno, ya te he dicho que en ningún sitio se nombra siquiera la palabra "demonio" o "diablo". Nahagorr, Rostro que Acecha en las Sombras, y punto.

-Bueno, eso de identificar siempre el mal con lo negro y lo oscuro nos acabará dando problemas, ya verás, pero de momento sólo tenemos que hacer un par de pequeños cambios, para curarnos en salud. El guión no lo tocas, pero cámbiame el aspecto del bicho. Superviviente de una olvidada raza, me has dicho. Vale. Le vas a dar más aspecto de dinosaurio, déjale los cuernos si quieres, pero que sean como más de dinosaurio, las alas sirven así, más escamas, y escamas de esas grandes de dragón en la espalda y la cola, por aquí y por aquí, que el torso no tenga tanta pinta de humano. Y para quedarnos tranquilos del todo, de nombre le pones Nahagorrsaurus, o algo por el estilo, ya me lo pulís vosotros un poco.

-Pues vaya trabajo tonto, y qué lástima de ilustración a todo color desperdiciada.

-Pues no te quejes, y da gracias a que todavía no ha salido un grupo de gente que adore a los dinosaurios, que entonces iría todo a la basura. Me pregunto dónde iremos a parar, si acabaremos publicando tebeos de flores que hablan, o de pentágonos y hexágonos. O nada de nada, quién sabe.

El editor se marchó, enfrascado en miedos y cálculos inexplicables; el dibujante se quedó solo, pensativo ante aquel magnífico dibujo que quedaría oculto para siempre al público, que nunca sería impreso. Su obra más lograda, en la que había logrado su máxima inspiración, Nahagorr, tendría que esperar; sus planes para que el Rostro que acecha en las Sombras fuera viendo la luz, poco a poco, con cualquier pretexto, como preludio de una presencia cada vez mayor, después de milenios de olvido, se habían visto momentáneamente obstaculizados por el miedo, por la ñoñería de la gente estúpida.

Él se lo había profetizado, le había dicho que tal vez fuera así, que la estupidez y la bajeza humana por un lado favorecerían Su Regreso, aunque eran al mismo tiempo una poderosa fuerza protectora. Pero sin duda hasta Su Sabiduría profunda e infernal se vería sorprendida cuando le contara los detalles exactos. Cogió la cera roja de un material especial que guardaba entre los útiles de trabajo más comunes, y se dispuso a dibujar, una vez más, el Signo sobre el suelo, a la espera de nuevas instrucciones.

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