Terra Incognita

Una blog de creación literaria, sesgada hacia la Fantasía © Ignacio Egea Rodríguez 2.004


Alcmène C

Los años pasaban rápidamente mientras el profesor Alcmène experimentaba con su máquina del tiempo. Hasta que un día le sorprendió la mediana edad y con ella la nostalgia de su juventud. Lo más envidiado de su juventud, la belleza, ahora algo ajada, de su esposa. Últimamente se habían distanciado, él siempre ocupado en su laboratorio, ella en su universo privado de los pisos superiores. Tal vez debido a su trabajo, o a esa añoranza de su esposa más joven que estaba creciendo en él hasta convertirse en obsesión, en un deseo imposible para cualquiera que no dispusiera de una máquina como la suya, se pasaba ahora largas tardes sobre su mesa de trabajo en el sótano, haciendo planes sobre cómo llegar al pasado, encontrarla y, tal vez, seducirla, soslayando los varios riesgos del viaje en el tiempo, ninguno irresoluble para un hombre que conoce la fecha de su muerte. Entretanto, se dejaba llevar por la ensoñación de aquellos ojos claros y aquella cintura esbelta de los primeros veinte.

-"Cometes un error, te lo digo yo. Una mujer hermosa nunca es tan placentera como a los cuarenta. Sobre todo ella"- dijo una voz a su espalda, adivinándole el pensamiento no sabía cómo.

Alcmène se volvió. No era la primera vez que se encontraba con una encarnación de sí mismo de tiempos posteriores. Ésta en concreto no aparentaba mucha más edad que él; venía del dormitorio conyugal, aún recolocándose la camisa.

Guardaron la distancia en silencio, mientras el otro Alcmène se dirigía hacia la máquina del tiempo, en el rincón. Justo antes de entrar y volver a su futuro, se volvió y le dijo:

-Será niño. Estoy seguro de que este acontecimiento reforzará vuestra unión. Tenlo en cuenta y disfruta de su compañía.

En sus ojos no había un tono burlón de Don Juan, sino triste, tal vez por un saber oculto que callaba.

Créditos de la ilustración: Jan van Eyck, Picasso, integrados por T. F. Chen


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Alcmène B.

-Me alegra que después de tan larga relación epistolar, haya venido a ver mi máquina del tiempo, amigo Aristèe. Aquí la tiene.

-Es maravillosa, Alcmène. Pero no se parece en nada a los planos que me mandó.

-Ah, es que está usted viendo el prototipo B. Por ejemplo, los Puluj los he sustituido por esos diminutos "remaches" que ve ahí. Son conmutadores de silicio semiconductor. Mucho más eficientes. Claro que no ha oído hablar de ellos. Se inventarán dentro de unos cincuenta años, que es el límite teórico de mi máquina.

-Maravilloso Ha viajado usted al futuro. Estoy tan ansioso por oirle contar todas esas maravillas que habrá visto...

-No hay mucho que contar, porque no he ido. Mis, digamos, corresponsales del porvenir me hacen envíos. El viaje personal es muy peligroso, porque la máquina no puede moverse de este sitio más allá de un rango de tolerancia muy estrecho en los próximos cincuenta años a riesgo de perder el contacto. Pero claro, compartiendo este espacio hay un riesgo, pequeño, mucho menor que en entornos tridimensionales, de colisión con otros objetos que viajen en sentido contrario. Un riesgo despreciable en un viaje de horas, pero a un hombre de proporciones normales que viajara cincuenta años en el futuro le calculo un ochenta por ciento de posibilidades de morir destrozado.

-Una lástima, amigo Alcmène. Pero aunque el viaje sea imposible, la posibilidad de conseguir información del futuro es tan sugestiva...

-Sí, sin duda. Por ejemplo, acepte esto. Estos garabatos al carboncillo que le he comprado a un pintor muerto de hambre en la Rive Gauche, dentro de cincuenta años valdrán una fortuna.

-¡Es usted encantador, Alcmène! Mis herederos le estarán muy agradecidos, porque yo, a mi edad, y con mi mala salud...

-Oh, no crea, no crea. Y ahora, entre en la máquina. Esto es una pistola, y si no me obedece, le mato. Va a conocer usted las maravillas de la Era Nuclear.

-¡Dios, Alcmène, está usted loco!.¡Me condena a una muerte casi segura, maldita sea!.

-No, no ¿no lo comprende usted? Yo voy a morir dentro de treinta y dos años, y necesito más transistores. Usted es mi corresponsal de los años cincuenta. La penicilina curará su sífilis. Los Picassos le harán rico. No sufrirá ningún daño en mi máquina, porque hace meses que usted mismo me reveló su identidad.

-Si me envía usted allí, no le haré ningún envío, lo juro, maldito lunático. Jamás le perdonaré esto.

-Todo lo contrario. En mi bolsillo tengo una carta suya agradeciéndomelo.

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Y su séquito de necias e imprudentes.

Me encontré con la Ira por la calle, me dijo que cuando llegara a casa cogiera a esa imbécil y le diera una buena lección. Lujuria se me cruzó por la escalera: me propuso que echáramos un polvete rápido en su piso, que nadie iba a saberlo. Adicción me llama continuamente por el móvil: yo le digo que pienso en ella todo el día; ella me replica que no lo parece, que la tengo cada día más abandonada.

Al final llego a mi casa y allí me espera ella, mía, sólo mía, y seguiré para siempre solo con ella. Me da muchos malos ratos, ya lo sé. Pero si vivir con mi Tristeza ya es difícil; para colmo ¡viven tan cerca todas sus amigas!

Soberbia no hace más que decirme que valgo demasiado para ella. Frivolidad siempre quiere sacarme a alguna fiesta. Sordera, afortunadamente, no me pasa los recados. Y así sigo con mi Locura, y toda mi vida le he sido fiel.

Por lo menos, eso creo: Desmemoria no me deja recordar más que lo que me conviene.

(Ilustraciones de Jenny Schmid)

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Ninovska y la penumbra.

Ilustración de P.D. White.


Cae la maza, cae el martillo, resuena metálico el cincel sobre la piedra, por años incontables en la cueva. Las chispas del cincel iluminan la oquedad por un instante: hace ya mucho que aprendimos a no necesitar los ojos, sino sentidos más sutiles. Y oigo que Nîn no está en la fragua, y siento que su yunque está frío y no vibra.

El respiradero mayor insufla con fuerza: otra vez lo ha destapado. En la penumbra casi deslumbradora de la cercanía del aire libre, donde los espíritus del aire lo permiten, estará otra vez oyendo la galena. Que de esa piedra surgen voces de fantasmas como chispas es conocido
desde antiguo: uno más de los saberes enanos de antaño, éste desdeñado por su escasa utilidad.

Y ahora, al parecer, conocido por los hombres, que antes sólo sabían de la caza y de la guerra, y aprendieron de nosotros su tosca alfarería. Dice Nîn que han cambiado mucho en este tiempo. No lo creo. Yo soy mucho más viejo y los recuerdo: espigados bufones parlanchines, que cambiaban de canciones y palabras al ritmo que cambiaban las hojas de los árboles, sin amor por más tarea que la de la rapiña, sin más justicia que el capricho y sin más igualdad que la que trae la muerte. Pero Nîn dice que han cambiado, y aprendido. Que dominan artes sólidas y poderosas, de luz, de metal, de fuego y agua, tan buenas como las nuestras, incluso las más fabulosas de nuestros ancestros, que perdimos. Que siguen divididos en mil tribus en guerra continua unas con otras, pero que ha surgido un nuevo ideal afín al nuestro.

Que en uno de los reinos, el más vasto de todos, ha surgido un nuevo rey investido de acero, y ha puesto a todo su reino a trabajar, iguales ante el fuelle y la herrería, para construir un futuro como fue nuestro pasado, de inmensas colmenas de obreros en turnos continuos, dedicados a la fundición y la mampostería, construyendo canales, y caminos, minas, y fortalezas, y estructuras colosales cada vez más altas, y más profundas, a la gloria de la planificación, la capacidad, la voluntad de hacer, que distinguen al dotado de manos y de habla. Proezas que en nuestra decadencia recordamos como un sueño, y que nuestro número ya escaso sabe que jamás habrá de acometer.

Sueña con torres remachadas y naves voladoras, Nîn. Sueña con espigados galanes de brazos musculosos del picar y martillar que te acojan y te llenen la feminidad que aquí todos olvidamos. Eres la más joven y desatendida, y nunca serás madre, porque todos menos tú somos demasiado viejos para la cría y nuestra especie sólo perdura por nuestra vida casi indefinida. Sigue escuchando las canciones y los llamados que te susurran los fantasmas de la galena. Si algún día el respiradero no se tapa, y tú no vuelves a la fragua, no seré yo quien te denuncie, ni seré yo quien te condene.

Rogaré por ti, para que vuelvas; rogaré al hacedor que te forjó distinta a como somos, duros, oscuros, sin más chispas que las que arranca del fuelle la herrería, o si no vuelves, para que seas feliz contra todas mis expectativas, porque no es bueno que se mezclen antiguos y mortales, seres que han vivido siempre bajo distinta luz y que difícilmente pueden comprenderse, aunque lo quieran. Tal vez tu reino de obreros casi enanos ni siquiera exista, y te haya deslumbrado la
diferente percepción que ambas especies tenemos de las cosas. Porque la luz del sol ciega, pero los ojos se endurecen, y la oscuridad más absoluta todo lo vela, pero se desarrollan nuevas sensibilidades. Pero el estado más peligroso es la penumbra, que cree que muestra formas prometedoras, pero muchas veces no enseña las cosas como son.

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El enemigo.


Era un hombre insignificante, de gloriosos sueños que nunca se cumplían. Siempre venía el enemigo a desbaratárselos, a convertirlos en humo.

Dejó de hacer planes y proyectos. Decidió sentarse a la puerta de su casa, para al fin ver pasar el cadáver de su enemigo. Luego, las cosas cambiarían.

Esperó mucho tiempo en vano.

Y siguió esperando.

Y al fin murió, y allí sentado vió pasar su propio cadáver llevado por la poquita gente a la que le importaba, pregonando lágrimas de circunstancias.

No se dio cuenta de que acababa de ver pasar el cadáver de su enemigo. Ése había sido su problema: nunca se daba cuenta de nada.

Y allí sentado sigue, esperando.

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Despertar.

Detalle de una pintura de Heather Nevay.


Aquellas imágenes difusas, aquellas palabras sin sentido, que se le venían a la mente en los últimos días sin venir a cuento, habían empezado a adquirir consistencia. Cuando su madre fue a darle el beso de buenas noches, por un momento pudo verse a sí mismo a través de los ojos que lo miraban. Luego pudo ver recuerdos de su propia imagen cuando era un bebé, siendo bañado. Sin duda recuerdos, pero no suyos.

Y aquella madrugada pudo oir a sus padres hablar, tan claramente como si le hablaran a él, pese a que nunca los había oído antes desde su dormitorio.

-"Me temo que está empezando a captar."

-"No puede ser, es muy pronto. Nos dijeron que ocurriría dentro de un año"

-"Estoy segura, noto su cara de sorpresa cuando capta algo; lo conozco
bien, es mi hijo."

-"Acostúmbrate a volver a pensar que no lo es, como al principio. Muy pronto vendrán a buscarlo, y no lo veremos más."

-"Ni se acordará de nosotros, ni nosotros de él. No puedo soportar eso."

-"Es necesario que nos olvide, para protegerlo de traumas, como para protegerlo de otros como él fue por lo que nos lo confiaron. Olvidaremos todos, y todos nos ahorraremos mucho dolor"

-"Este año que nos queda va a ser muy duro pensando en lo que se avecina. Al menos él no sabe que nos va a perder para siempre, y que vivirá el resto de su vida entre enemigos, en un mundo donde todos se captan pero nadie se quiere. ¡Y él es tan cariñoso!"

-"Sí, lo sé. El tiempo que queda tenemos que hacer todo lo posible para que no se entere"

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