
-No puedes pasar.
En sus nudillos vi tatuadas runas. Otras más por los brazos y los hombros. Runas de Daeron, como las que se usaban en la antigua Moria, como las de las inscripciones del prefacio de "El Hobbit", que aún recordaba de otros veranos más silenciosos. Tardé unos segundos en descifrar las runas: "KMKM"; en aquella mano ponía "Pepe".
Me entretuve en leer más tiempo de la cuenta. Aquella mano se aferró a mi
hombro con más fuerza. Se repitió la sentencia:
-No puedes pasar.
Y yo respondí:
-No puedes pasar. Soy servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la Llama de Anor.
Y él dijo:
-El fuego oscuro no te servirá de nada, llama de Udùn.
Y yo:
-¡Vuelve a la sombra!
Y él, por fin:
-No puedes pasar.
Estos hechos ocurrieron hace mucho tiempo, en otra edad del mundo, cuando yo todavía iba a discotecas, antes de el mundo cambiara y una ola furiosa que vino de Hollywood más allá del mar arrasara las tierras, y condenara a los amigos de los elfos a vivir escondidos, a perderse entre una multitud de gente que sólo se les parecía.
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