Terra Incognita

Una blog de creación literaria, sesgada hacia la Fantasía © Ignacio Egea Rodríguez 2.004


La osamenta del Tiempo.


Cuando era niño, montamos, monté, una obra de teatro en la que parodiaba a Hamlet, que no había leído, y a Don Quijote, que, en buena parte, me habían obligado a leer, con el que en buena parte, me habían enemistado, aquellas escuelas antiguas de maestros enjutos y secos que me parecían insondablemente viejos y que no siempre llegaban a los treinta.

Describiré la obra: unos sujetos iban pasando por la consulta del psiquiatra: personajes ficticios de obras literarias famosas, salvo el último, que era Harpo Marx, o tal vez Milikito, sólo que el no encontrar a tiempo un buen cencerro con aptitudes escénicas me obligó a vestirlo de jeque árabe, así que en vez de hablar con el psiquiatra por mímica, el payaso mudo se expresaba en jamalajá. Mi venganza del hidalgo fue ignorarlo: el paciente en consulta era Sancho Panza, y ni siquiera el de Cervantes: era el Sancho de Kafka, aunque entonces yo no lo sabía.

Tampoco pudimos encontrar una calavera para Hamlet (y el caso es que tenía acceso a una, auténtica, de unos estudiantes de medicina, pero los muy guarros no la habían limpiado bien, y aún tenía pelos y cosas pegadas, y me prohibieron exhibirla en público), y recurrimos a un reloj despertador de los que ya no se encuentran ni en los chinos: grande, redondo, sonoro, arquetípico, con dos campanas hemiesféricas de lata y un martillito. Público y crítica coincidieron en decir que el tener al príncipe de Dinamarca haciendo el monólogo con un despertador en la mano fue, lo más cómico de la obra, el mayor detalle de ingenio, más incluso que poner a hacer de Sancho y de jeque a dos niños alemanes y a interpretar al príncipe de Dinamarca a uno que era de Torredonjimeno. Ingenio de tahúr, de chapucero; hijo de la necesidad y de las ganas de apañárselas, que es lo mismo que decía Sócrates del amor.

El caso es que nunca he vuelto a ver una esfera de reloj sin ver en ella los rasgos mondos y la sonrisa eterna de las postrimerías; fuera lo que fuera lo que realmente preocupaba a Hamlet, y lo que quiso decir Shakespeare cuando lo enfrentó a las miradas de lo que salía de las fosas comunes, no veo mayor símbolo del Final que un viejo despertador redondo, con agujas, analógicas, de un rostro, con un tic tac retumbante, como el de un corazón delator.

La Tierra, las estrellas, el Universo mismo; hasta lo que es demasiado durable para inquietarse por unas osamentas, debe escuchar ese tic tac con inquietud. Dicen que todas las cosas temen al Tiempo, pero hasta el mismo Tiempo teme a los relojes.

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