Terra Incognita

Una blog de creación literaria, sesgada hacia la Fantasía © Ignacio Egea Rodríguez 2.004


Totus muertus.

Aquí vivió...

Si miras a las paredes, en ocasiones ves muertos. La ciudad de Londres está salpicada de letreros azules fijados a las fachadas de las viviendas de época; se los tiene en cuenta hasta en los anuncios de alquileres. Indican quién vivió en tal o cual casa: Dickens, Rudyard Kipling, Winston Churchill, Beatrix Potter, Sir James Dewar, algún interminable apellido (Shalalalalala-un rayo de sol- oh-oh-oh) patronímico indostaní de un abogado y político ya reencarnado en sabe Dios qué, al que conocerán, sin duda, en su casa y en su tierra, tan lejanas. Todos toman el aire y el relente de Londres mirando el frío sol de la eternidad y recitando un poema silencioso que apenas podemos oir, del que sólo intuimos una palabra, "fuimos" del eterno mensaje del que nadie conoce el final, ni aún el principio.

Los letreros de Londres son formales, uniformes. Si inquietan, lo hacen en silencio. Y el verdín de sus paredes no parece diferente al de otras fachadas donde vivieron muertos sin su placa. De distinta naturaleza los he visto en España. He leído esquelas en memoria de poetisas en las que el patrocinador del texto y compañero de tertulia usurpaba el homenaje exponiendo una lista de sus propias obras que ocupaba un tercio del recuadro, porque quien paga manda. He reído los más agrios insultos póstumos dispuestos por el difunto en su legado como espectral corte de mangas de otro mundo. Y con todo lo macabros e inquietantes que pueden ser, en el particular arte de los rótulos indicadores del paso por aquellos muros de un difunto célebre, que en nuestro país son tan heterogéneos en formato y en estilo, la leyenda española debe mucho menos a Becquer que a Miguel Mihura.

Estilo aparte, tan dispar papel de los rótulos en una y otra isla [1] obedece también en buena parte a esa forma de vivir la muerte, tan patrimonial, tribal, grupal, de los meridionales y de los católicos, de la que el culto a los santos es a la vez síntoma y engrudo. Otras estirpes tienen sus antepasados. Nosotros tenemos nuestros muertos. Nuestros, casi siempre, como opuestos a los de los otros, como patrones protectores en batallas moabitas donde los respectivos dioses tribales miden la longitud y el vigor de sus fuerzas, o como patrimonios exclusivos, tesoros y galas de la raza, botines de guerra arrebatados al enemigo o aún con más saña, al hermano.

He oído historias de fantasmas asociadas a edificios que nadie que supiera un poco de historia o arquitectura admitiría que coincidieron en el tiempo o el espacio. Unos dirán que por una treta de promoción turística, la visión fantástica que me encalla en el ghetto del fandom me dice que el difunto protestaba por la usurpación, y el fantasma aullaba ante la fantasmada.

Fui testigo de la pugna hereditaria entre dos ramas de una familia por una casa solariega, en la que la parte perdedora, al tener que ceder la propiedad, se vengaba llevándose el mobiliario, las arañas del techo, los zócalos de taracea y hasta los clavos de la pared, y junto con los clavos, el rotulo que pendía de uno de ellos: "Aquí escribió Pedro Antonio de Alarcón su novela El Clavo, considerada la primera novela española de misterio". Todo ello, incluyendo "El clavo" lo instalaron en una casa cercana, y si hubiera habido fantasma de un señor con bigote y patillas igual hubiera ido en el camión de la mudanza, atado y amordazado como un señor de Canterville castizo, malquerido de Benavente, como el duende martinico que la leyenda hacía acompañar a una familia de casa en casa.

Y desde entonces los herederos cainitas eternizan la disputa añadiéndole nuevos agravios, más argumentos y legados usurpados: el secuestro del fantasma de Pedro Antonio de Alarcón a manos de sus deudos. El robo del clavo un poco a la usanza de aquella historia que contaba una vieja loca, tía mía, sobre que los rojos nos habían robado el título de nobleza una vez que unos milicianos entraron en el cortijo del nosequé y se lo llevaron de la pared donde estaba enmarcado. ¡Ay, la ruina de un ilustre apellido!

Del mismo estilo, patrimonial y de trinchera es el caso de la casa de Bélmez en la que dibujos fantasmales aparecen en el cemento basto y sin enlucir de la cocinilla. Basta y sin luz anécdota numinosa que pasó del esperpento a la opereta cuando mucho después, los propietarios de la vivienda original respondieron a la oferta de compra por parte del Ayuntamiento con una exigencia económica disparatada, y el Ayuntamiento, con envidiable sentido práctico [2] se limitó a comprar la casa limítrofe y con la ayuda de un experto ufólogo y parasitólogo contratado ad hoc lograron que muy pronto la nueva casa exhibiera apariciones teleplásticas mucho más nuevas y brillantes que las primigenias, e igual de auténticas. ¡Si estos hechos anómalos hubieran devenido culto con jerarquías y credos, las dos sedes apostólicas hubieran intercambiado notas de excomunión!

Por nuestras venas corre bilis y ectoplasma, somos un pueblo que persigue fantasmas, que sale a cazar ballenas blancas que intenta domeñar sin darse cuenta de que en la persecución y acecho va perdiendo la tierra real y firme, que poco a poco se va convirtiendo en siervo de una presa intangible que por mucho que se quiera aferrar huye y se escapa de entre los dedos como un fuego fatuo, como el aire frío que sopla en los osarios.

FINIS GLORIAE MUNDI.



Esquelas al pie:

[1] Señores, ¡Iberia es una ínsula! Luis XIV, y a sus órdenes, un ingeniero llamado Riquet convirtieron nuestro impar rincón del mundo en una isla hace tres siglos, por razones estratégicas y comerciales: el Canal du Midi que une por agua Mediterráneo y Atlántico, magna obra de ingeniería hidráulica cuya existencia ignoramos por culpa de ese espíritu tan español de no querer darte por enterado de ningún hecho histórico que no puedas utilizar en contra de tu adversario político, aunque para una conspiración de silencio y ceguera de este calibre la razón pide a gritos un culpable particularmente maquiavélico y obstinado, así que es completamente obvio que han sido los otros)

[2] del PSOE, por cierto.

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