Terra Incognita

Una blog de creación literaria, sesgada hacia la Fantasía © Ignacio Egea Rodríguez 2.004


La osamenta del Tiempo.


Cuando era niño, montamos, monté, una obra de teatro en la que parodiaba a Hamlet, que no había leído, y a Don Quijote, que, en buena parte, me habían obligado a leer, con el que en buena parte, me habían enemistado, aquellas escuelas antiguas de maestros enjutos y secos que me parecían insondablemente viejos y que no siempre llegaban a los treinta.

Describiré la obra: unos sujetos iban pasando por la consulta del psiquiatra: personajes ficticios de obras literarias famosas, salvo el último, que era Harpo Marx, o tal vez Milikito, sólo que el no encontrar a tiempo un buen cencerro con aptitudes escénicas me obligó a vestirlo de jeque árabe, así que en vez de hablar con el psiquiatra por mímica, el payaso mudo se expresaba en jamalajá. Mi venganza del hidalgo fue ignorarlo: el paciente en consulta era Sancho Panza, y ni siquiera el de Cervantes: era el Sancho de Kafka, aunque entonces yo no lo sabía.

Tampoco pudimos encontrar una calavera para Hamlet (y el caso es que tenía acceso a una, auténtica, de unos estudiantes de medicina, pero los muy guarros no la habían limpiado bien, y aún tenía pelos y cosas pegadas, y me prohibieron exhibirla en público), y recurrimos a un reloj despertador de los que ya no se encuentran ni en los chinos: grande, redondo, sonoro, arquetípico, con dos campanas hemiesféricas de lata y un martillito. Público y crítica coincidieron en decir que el tener al príncipe de Dinamarca haciendo el monólogo con un despertador en la mano fue, lo más cómico de la obra, el mayor detalle de ingenio, más incluso que poner a hacer de Sancho y de jeque a dos niños alemanes y a interpretar al príncipe de Dinamarca a uno que era de Torredonjimeno. Ingenio de tahúr, de chapucero; hijo de la necesidad y de las ganas de apañárselas, que es lo mismo que decía Sócrates del amor.

El caso es que nunca he vuelto a ver una esfera de reloj sin ver en ella los rasgos mondos y la sonrisa eterna de las postrimerías; fuera lo que fuera lo que realmente preocupaba a Hamlet, y lo que quiso decir Shakespeare cuando lo enfrentó a las miradas de lo que salía de las fosas comunes, no veo mayor símbolo del Final que un viejo despertador redondo, con agujas, analógicas, de un rostro, con un tic tac retumbante, como el de un corazón delator.

La Tierra, las estrellas, el Universo mismo; hasta lo que es demasiado durable para inquietarse por unas osamentas, debe escuchar ese tic tac con inquietud. Dicen que todas las cosas temen al Tiempo, pero hasta el mismo Tiempo teme a los relojes.

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Totus muertus.

Aquí vivió...

Si miras a las paredes, en ocasiones ves muertos. La ciudad de Londres está salpicada de letreros azules fijados a las fachadas de las viviendas de época; se los tiene en cuenta hasta en los anuncios de alquileres. Indican quién vivió en tal o cual casa: Dickens, Rudyard Kipling, Winston Churchill, Beatrix Potter, Sir James Dewar, algún interminable apellido (Shalalalalala-un rayo de sol- oh-oh-oh) patronímico indostaní de un abogado y político ya reencarnado en sabe Dios qué, al que conocerán, sin duda, en su casa y en su tierra, tan lejanas. Todos toman el aire y el relente de Londres mirando el frío sol de la eternidad y recitando un poema silencioso que apenas podemos oir, del que sólo intuimos una palabra, "fuimos" del eterno mensaje del que nadie conoce el final, ni aún el principio.

Los letreros de Londres son formales, uniformes. Si inquietan, lo hacen en silencio. Y el verdín de sus paredes no parece diferente al de otras fachadas donde vivieron muertos sin su placa. De distinta naturaleza los he visto en España. He leído esquelas en memoria de poetisas en las que el patrocinador del texto y compañero de tertulia usurpaba el homenaje exponiendo una lista de sus propias obras que ocupaba un tercio del recuadro, porque quien paga manda. He reído los más agrios insultos póstumos dispuestos por el difunto en su legado como espectral corte de mangas de otro mundo. Y con todo lo macabros e inquietantes que pueden ser, en el particular arte de los rótulos indicadores del paso por aquellos muros de un difunto célebre, que en nuestro país son tan heterogéneos en formato y en estilo, la leyenda española debe mucho menos a Becquer que a Miguel Mihura.

Estilo aparte, tan dispar papel de los rótulos en una y otra isla [1] obedece también en buena parte a esa forma de vivir la muerte, tan patrimonial, tribal, grupal, de los meridionales y de los católicos, de la que el culto a los santos es a la vez síntoma y engrudo. Otras estirpes tienen sus antepasados. Nosotros tenemos nuestros muertos. Nuestros, casi siempre, como opuestos a los de los otros, como patrones protectores en batallas moabitas donde los respectivos dioses tribales miden la longitud y el vigor de sus fuerzas, o como patrimonios exclusivos, tesoros y galas de la raza, botines de guerra arrebatados al enemigo o aún con más saña, al hermano.

He oído historias de fantasmas asociadas a edificios que nadie que supiera un poco de historia o arquitectura admitiría que coincidieron en el tiempo o el espacio. Unos dirán que por una treta de promoción turística, la visión fantástica que me encalla en el ghetto del fandom me dice que el difunto protestaba por la usurpación, y el fantasma aullaba ante la fantasmada.

Fui testigo de la pugna hereditaria entre dos ramas de una familia por una casa solariega, en la que la parte perdedora, al tener que ceder la propiedad, se vengaba llevándose el mobiliario, las arañas del techo, los zócalos de taracea y hasta los clavos de la pared, y junto con los clavos, el rotulo que pendía de uno de ellos: "Aquí escribió Pedro Antonio de Alarcón su novela El Clavo, considerada la primera novela española de misterio". Todo ello, incluyendo "El clavo" lo instalaron en una casa cercana, y si hubiera habido fantasma de un señor con bigote y patillas igual hubiera ido en el camión de la mudanza, atado y amordazado como un señor de Canterville castizo, malquerido de Benavente, como el duende martinico que la leyenda hacía acompañar a una familia de casa en casa.

Y desde entonces los herederos cainitas eternizan la disputa añadiéndole nuevos agravios, más argumentos y legados usurpados: el secuestro del fantasma de Pedro Antonio de Alarcón a manos de sus deudos. El robo del clavo un poco a la usanza de aquella historia que contaba una vieja loca, tía mía, sobre que los rojos nos habían robado el título de nobleza una vez que unos milicianos entraron en el cortijo del nosequé y se lo llevaron de la pared donde estaba enmarcado. ¡Ay, la ruina de un ilustre apellido!

Del mismo estilo, patrimonial y de trinchera es el caso de la casa de Bélmez en la que dibujos fantasmales aparecen en el cemento basto y sin enlucir de la cocinilla. Basta y sin luz anécdota numinosa que pasó del esperpento a la opereta cuando mucho después, los propietarios de la vivienda original respondieron a la oferta de compra por parte del Ayuntamiento con una exigencia económica disparatada, y el Ayuntamiento, con envidiable sentido práctico [2] se limitó a comprar la casa limítrofe y con la ayuda de un experto ufólogo y parasitólogo contratado ad hoc lograron que muy pronto la nueva casa exhibiera apariciones teleplásticas mucho más nuevas y brillantes que las primigenias, e igual de auténticas. ¡Si estos hechos anómalos hubieran devenido culto con jerarquías y credos, las dos sedes apostólicas hubieran intercambiado notas de excomunión!

Por nuestras venas corre bilis y ectoplasma, somos un pueblo que persigue fantasmas, que sale a cazar ballenas blancas que intenta domeñar sin darse cuenta de que en la persecución y acecho va perdiendo la tierra real y firme, que poco a poco se va convirtiendo en siervo de una presa intangible que por mucho que se quiera aferrar huye y se escapa de entre los dedos como un fuego fatuo, como el aire frío que sopla en los osarios.

FINIS GLORIAE MUNDI.



Esquelas al pie:

[1] Señores, ¡Iberia es una ínsula! Luis XIV, y a sus órdenes, un ingeniero llamado Riquet convirtieron nuestro impar rincón del mundo en una isla hace tres siglos, por razones estratégicas y comerciales: el Canal du Midi que une por agua Mediterráneo y Atlántico, magna obra de ingeniería hidráulica cuya existencia ignoramos por culpa de ese espíritu tan español de no querer darte por enterado de ningún hecho histórico que no puedas utilizar en contra de tu adversario político, aunque para una conspiración de silencio y ceguera de este calibre la razón pide a gritos un culpable particularmente maquiavélico y obstinado, así que es completamente obvio que han sido los otros)

[2] del PSOE, por cierto.

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Pido el pan y la palabra.

La vi venir mientras comía mi bocadillo sentado en aquel banco. La vagabunda. Una juventud apenas comenzada de movimientos ágiles, una pátina gastada de miseria que envolvía su breve cuerpo canela en un aura de edad intemporal.

Una mirada triste pero burlona en sus grandes ojos de color miel.

Se paró frente a mí.

-Dame algo, payo.

-Lo necesito para mí, lo siento.

-Anda, payico, que tú estás mu gordo. Dame lo que te estás comiendo, que huele a carne mu buena, de pichuga de pollico.

-No, no. Tiene salsa de chile, y jalapeños, y un montón de cosas que no te van a gustar. Mira, aquí tengo unas rodajas de mortadela. Toma una.

-Pos bueno, pos me la como, pero me gusta más lo otro. Dame pollico, anda, sé bueno. ¿No ves con qué ojos te estí amirando?

-No me engatuses, golfa. Mira, yo me estoy acabando el bocadillo, pero te doy toda la mortadela, un poco de pan que queda y una parte del chocolate. ¿Vale?

-Bueeeno, me lo como delante tuya.

-Jo, qué velocidad. ¿Tienes sed? Puedo cortar el culo de esta botella de plástico como si fuera un plato y te lo lleno de agua en esa fuente.

-No, no hace falta. Vivo en esas chabolas de allí, y tengo agua. Pero te voy a mover un poco la cola, que servidora es muy agradecida aunque tenga dueño.

-Ya me parecía a mí que tampoco estabas muy flaca. En fin, me alegra saber que no estás abandonada; antes de aprender a hablar con los perros me llevaba muchos disgustos. No es tan fácil saber si uno está enfermo, o perdido, si no entiendes lo que te quieren decir.

-¡¡¡Cucha, es verdad!!! ¡Qué susto, madre! ¡Un payo que habla!

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La larga huida.


Paseo entre quioscos el regreso a casa. Enésimo coleccionable, esta vez de mariposas muertas. Árboles muertos en el resto de fascículos. Evito la muerte en el telediario; en las comidas veo los Simpsons, o miro hacia mi vitrina rinconera ahora que el calor me va desplazando hacia la amistosa corriente fresca de Humboldt que, por ignotos mecanismos físicos y a despecho de cualquier intento de domesticación, el aire acondicionado del salón desplaza siempre hacia los rincones más alejados de la estancia.

Los gatos detectan los mejores sitios en verano; juegan con infortunadas mariposillas moribundas y yo se lo permito; me siento entre ellos y paseo mi mirada por la vitrina, donde me despliegan sus hermosas galas mi colección de fósiles, seiscientos millones de años de rastros de muerte, inútiles afanes de camuflaje y lucha, sexo y coraza, por perpetuar especies que ya son sólo piedra.

Las joyas de mi colección: un Trilobites del Atlas del tamaño de un gato, un clípeo de piedra de medio metro en el centro de la balda. En torno al gigante, Calimenes, Phacops, Amonites, Ortoceras se extienden en homenaje. Pocos fósiles de vertebrados: un surtido de dientes de tiburón, la mísera raspa de un pez del Cretácico. Las conchas, las valvas, en su convergencia con la geología no te dan la impresión de tener un anaquel lleno de animales muertos. Quinientos millones de años no es nada comparado con el tiempo que vamos a estar muertos. Paso mis manos y mi vista por esas rocas con forma de animal, quiero sentir en ellas vida y firmeza, exquisita armonía, no el vestigio de un mínimo intervalo de lucha ciega y una muerte eterna e inmanente.

Alguien mató a aquella mariposa por dinero; lo hizo para mí, si es que le pago. Nadie mató por mí aquel trilobites. Su concha no le protegió al fin, y se hundió inerte en el cieno de un mar que hace mucho tiempo quedó seco. Ninguna coraza salvó al fin al trilobites, y ninguno nada ni camina por la arena marina desde antes de los dinosaurios. El océano y el mundo pertenecen hoy a especies desnudas, calamares y peces que nadan ágiles y sin rémoras, y no cuentan para su defensa con el peso muerto de una protección que al fin, se muestra siempre inefectiva. Y miro el rastro de muerte en las vitrinas, en el bistec de mi almuerzo, en las alas rotas que cuelgan de las garras de mis gatos, y me pregunto si mi defensa ante el mar ciego de oscuridad que me rodea desde el inicio del universo es una concha dura, pero frágil, destinada al fin a hundirse en la tierra, o es el vagar ágil y desnudo de un mar a otro con ojos atentos y redondos, huyendo siempre, luchando por dejar descendencia en la huída, otros ojos redondos y asustados, que tal vez, aunque es mi destino no saberlo nunca, un día evolucionen para salir del agua, para mirar, y querer comprender la luz de las estrellas.

Trilobites de engranaje obra de Jud Turner.

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Y su séquito de necias e imprudentes.

Me encontré con la Ira por la calle, me dijo que cuando llegara a casa cogiera a esa imbécil y le diera una buena lección. Lujuria se me cruzó por la escalera: me propuso que echáramos un polvete rápido en su piso, que nadie iba a saberlo. Adicción me llama continuamente por el móvil: yo le digo que pienso en ella todo el día; ella me replica que no lo parece, que la tengo cada día más abandonada.

Al final llego a mi casa y allí me espera ella, mía, sólo mía, y seguiré para siempre solo con ella. Me da muchos malos ratos, ya lo sé. Pero si vivir con mi Tristeza ya es difícil; para colmo ¡viven tan cerca todas sus amigas!

Soberbia no hace más que decirme que valgo demasiado para ella. Frivolidad siempre quiere sacarme a alguna fiesta. Sordera, afortunadamente, no me pasa los recados. Y así sigo con mi Locura, y toda mi vida le he sido fiel.

Por lo menos, eso creo: Desmemoria no me deja recordar más que lo que me conviene.

(Ilustraciones de Jenny Schmid)

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Laïa.


Era la primera noche realmente clara de la primavera. Subí a ver las estrellas, que brillaban como recién puestas en un cielo maravillosamente limpio; Marte estaba allí, y una vez más me acordé de Laïa.

Laïa es mi amiga imaginaria de Marte; la inventé de niño, y retomamos contacto de vez en cuando. En una época nos escribíamos largas cartas describiéndonos el idioma y las costumbres de nuestros mundos, que no eran exactamente la Tierra y Marte, porque los dos éramos unos solitarios. Suponía que todas aquellas parrafadas podrían serle útiles, si al final cumplía su objetivo de venir como estudiante de intercambio.

Hubo, como pasa con la amistad verdadera, largos periodos de silencio, que no amenazaban nuestra relación, sino la enriquecían, porque una vez terminaban nos redescubríamos, y yo veía en ella algo diferente, en lo que no había pensado antes, y al mismo tiempo sabía que también yo había cambiado, que en mí bullían mil cosas nuevas que ofrecerle.

Hacía tanto tiempo que no pensaba en ella; tal vez el periodo de silencio más largo de mi vida. Pero aquella noche la sentía particularmente cerca de mí, y miré el fulgor de Marte a medianoche y me dio por pensar que sus hermosos ojos que nunca había visto miraban, también a medianoche, el azul de la Tierra y su mirada se cruzaba con la mía a través de cien millones de kilómetros de oscuridad tachonada de estrellas.

Entonces recordé que a esa hora era imposible que alguien en el hemisferio nocturno de Marte pudiera ver la Tierra: las posiciones orbitales no lo permitían, y una vez más Laïa se desvaneció de mi mente, con mayor brusquedad que nunca antes, quien sabe si esta vez para siempre.

Y en este relato descansa todo lo que fue, al menos todo lo que de ella puedo recordar, porque todas las ilusiones de que estaba hecha se alejan de mi memoria de una manera tan definitiva que ni siquiera estoy seguro de su nombre, y lo sustituyo por uno inventado ex profeso, y ya me quedan dudas de si a la verdadera Laïa la inventé y soñé con ella alguna vez, o si incluso ese recuerdo es falso, parte de una ficción inventada por completo en este momento, un sueño en el que estoy soñando que hace mucho tiempo soñé con ella.

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Sueño andaluz.


Paseaba preocupado por los paisajes más queridos de mi tierra. La Giralda, la Mezquita, el Albaicín, se me antojaban etéreos, irreales, como los difuminados recuerdos de un sueño. Tal vez era un sueño lo que vivía. Entonces vino a mí una figura alta y etérea, de suma elegancia; vestía una chilaba andalusí, y sobre ella chaquetilla corta de picaor y traje de faralaes; por debajo zahones de cuero y botas camperas; un turbante rifeño en la testa, y sobre él, sombrero cordobés. Un clavel en la boca, en una mano llevaba una bandera blanca y verde, y en la otra unas castañuelas. Aunque su cara estaba velada con el chador, un atuendo así sólo podía corresponder a una persona, a una idea que expresa por definición todo lo que se nos ha dicho que debemos ser los andaluces: sin duda era Blas Infante.

-¡Padre! - grité yo, advertido de las responsabilidades legales en que puedo incurrir si así no lo llamara, incluso en un sueño.

-Hijo mío dilectísimo, tómate esto - contestó él, mientras me daba una pastilla azul, que llevaba guardadas en sus enaguas de estilo gaditano. Más tarde, al despertar, dudé de si lo que me había dicho era eso, o tal vez "Ijo mío de mi arma, jálate la pildorita"; a veces dudo de si mis sueños son en español o en andaluz, dada mi vergonzosa condición de bilingüe impuesta por quinientos años de opresor franquismo castellano que se remonta a Fernando III en el siglo XIII.

Sopesé la pastilla azul en mi mano; sabía que me enfrentaba a un momento clave de mi vida, que nada volvería a ser lo mismo hiciera lo que hiciera, jalara la pildorita o no. Miré a sus ojos profundos, de color verde (y blanco, en el blanco de los ojos), ansioso de más indicaciones. Me devolvió la mirada, pero no dijo nada más, aunque su forma algo nerviosa de tocar las castañuelas y engullir taquitos de jamón con copitas de fino me hacían ver que él también era consciente de que mi alma, de que el alma de todo nuestro pueblo y nuestra cultura, se hallaba en una transcendental encrucijada.

Tomé la pastilla azul y desperté a un sueño mil veces más rico, en el que los significados me resultaban obvios, evidentes. Aquella era la mañana del día en el que el Parlamento Andaluz ha definido Andalucía como una Realidad Nacional.

Pobre de mí, que todos estos años fui andaluz sin percatarme de que estaba prisionero de una Realidad Virtual. Me incorporé de la cama al himno de "Andaluces levantáos", desayuné tostadas de pringá con café Catunambú, cantando tonadillas patrióticas de producción propia, una mezcla de salves rocieras, coplas de Quintero, León y Quiroga, ojos verdes (y blancos) apoyaos en el quicio de la mancebía, precaución amigo condurtor de Perlita de Huerba, muasajas sefardíes (no sionistas) y chaabi rifeño, al ritmo de las sevillanas de Manolo Escobar y el Bulería Bulería de David Bisbal en una apoteosis de la fusión de culturas que es lo que ha distinguido siempre nuestra cultura autóctona, original y autosuficiente.

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Daimon.



Palpitaba sutil en paisajes sombríos
Suave presencia alada que la razón espanta
me susurró al oído que lo llevara a espaldas
y posado en mi hombro me acompañó el camino

Tan sólo una silueta en el punto del ojo
sin visión funcional, al fin de la retina.
Un canciller profeta asentado en mi hombro
y una caricia aleve que me avergonzaría

si no fuera aliado del singular capricho
que llamo Libertad, e impulsara mis dudas,
y diera alas al ímpetu preguntón e insumiso
que obligara un día a Sócrates a beber la cicuta.

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Venus y Marte.


Los libros de falsa autoayuda reemplazan a los besos. El silencio impera a la mesa, el sarcasmo frente a la tele. Los libros, en la cama.

Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus; miras tu libro, pero a mí no me miras.

Nuestro amor no es Venus, sino Marte. No el astrológico, sino el real. Un mundo que fue humedo y cálido hace mucho tiempo, y que se ha vuelto seco, muerto, frío.

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El hombre de la Luna.













Lo encontraron desnudo en la hierba,
nadie sabía de donde venía.

Nadie dijo que cayó del cielo
mas del cielo volvió porque de allí habia caido,
tras una noche al raso mirando las estrellas,
y una caída a lo alto en un descuido.

Lo encontraron una mañana,
devuelto a la hierba por la marea del amanecer
pero ciego a la luz del nuevo día;

Deslumbrado por la noche,
sus ojos ya sólo podían ver estrellas.

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El Banquete.


Tengo sobrepeso de penas y alegrías. Mira mis carnes: la corteza quemada, ennegrecida en la constante brasa, cobija un interior que se mantiene tierno y delicado; todo lo baño de abundante salsa agridulce, y acompaño cada bocado de largos tragos de bebidas refrescantes pero amargas, cuyo exceso hace reir y llorar, hace cantar en voz alta y soñar en silencio.

Cuando acabe el banquete me he de quedar, porque es inevitable, flaco poco a poco hasta los huesos, y me tenderé a echar la larga siesta en la penumbra. Entre tanto, como y bebo, río y lloro, hablo cuando me place, y, a veces, medito silencioso levantando mis ojos del fondo de este vaso. Y brindo, ahora y siempre, con el néctar amargo y refrescante que es mi libar de cada día: por todos vosotros, por los que levantan conmigo su copa, por los que la levantaron, por los que algún día harán en esta mesa de todos un festín y probarán manjares que no puedo imaginar, mas que no envidio.

Y cuando brindo por los que vendrán, ruego en mi interior que me perdonen por dejarles esta mesa tan desordenada; claro que no estaba mucho mejor cuando me uní a la fiesta.

Por todos ellos, por vosotros ¡Salud!

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El juego de las nubes y las sombras.

El sol, el cielo, la hierba de los prados, los pétalos blancos y oro de las margaritas inundan mis ojos de luz. Tumbado boca arriba, dejo pasar las nubes frente a mis párpados entornados. Las pestañas se antojan una telaraña adornada de gotas de rocío; las nubes siguen desfilando lentas, incansables frente a las rendijas que protegen la modorra, el dulce vagar de la imaginación, el suave murmullo de la brisa, la escucha distraída de una voz cercana que cartografía con su imaginación las nubes pasajeras.

Parece un perro, una flor, un león, un ave. Un castillo en el cielo, las ruinas de un templo sumergido. La voz también parece ser cualquier sonido: el sonido tan familiar de mi compañera, el zumbido sordo de la radio, los gritos de los niños que jugaban hace tanto tiempo bajo mi ventana, el susurrro del viento. Con los ojos cerrados mi mente vaga entre las nubes, bajo la tierra, por los caminos de las estrellas, tan lejos que me parece oír la voz como procedente de otro mundo. La voz de otra ella que me acompañó gran parte de mi vida, y a la que nunca conocí. La voz de tantas otras. Si las nubes pueden parecernos cualquier cosa, pero siempre adoptan configuraciones familiares, ¿no podrá ser que en la voz que hemos elegido para que susurre a nuestro oído todas las tardes y noches de ojos cerrados del resto de nuestra vida, creemos encontrar todas las voces anteriores, igual que las nubes acaban adoptando todos los rostros?

Una flor compuesta de camomila, cientos de minúsculas flores doradas que se agrupan, que nos engañan con una corona de hojas blancas modificadas para hacernos creer que es sólo una. Arranco los falsos pétalos de una margarita, me quiere, no me quiere, me quiso, no la quise, sí, no, sí, no, un juego que termina, una respuesta que es "no" para siempre cuando la corona ha perdido todos sus pétalos, cuando todos los tiempos se terminan, cuando sabes que no volverás a pasear con ella sobre la hierba verde y fresca, cuando no sabes dónde está y el "no" final, siempre repetido y eterno del silencio te deja claro que no has de encontrar su escondite, que no la verás más, que el final llega y nunca acaba.

Todas las nubes, todas las caras, todos los recuerdos; todas las sombras que parecen seguirnos más allá del campo de visión, sombras que, al volver la mirada, descubrimos que sólo contienen la gran ausencia que nos persigue, que nos acecha, que nos hiere, que florece en todo su significado cuando se han marchitado también las margaritas que brotaron de noche en la tierra fresca de las fosas recién removidas.

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Si el agua arrastra lejos tu bebida, mueres de ser.



Las playas y los puertos, fronteras entre mundos en eterna pugna, entre los ejércitos enfrentados del agua y de la arena. Puntos de partida de los largos viajes en lo Antiguo, de su cualidad de frontera entre dos mundos, de campo de batalla, irreal, en una ribera indecisa, ahora participan también los aeropuertos, esa tierra de nadie entre el hogar y el cielo, entre lo familiar y lo lejano, entre lo misterioso y lo más necio y anodino de la vida.

Corredores interminables al paso del hilo musical, acequias de viajeros, maletas que flotan y que ruedan, arrastradas por la corriente. Cambio de luna, al borde de la orilla entre julio y agosto una marea humana se desboca sobre los farallones de la terminal. Camisetas, pantalones cortos, bolsas de mano con bronceador. Botellas de Perrier. Olas que van, que se cruzan con las olas que vienen bronceadas. Sudor y Coppertone. Flujos apenas controlados que atraviesan los controles de seguridad y las puertas de acceso, que se derraman por los fingers como chorros a presión de una compuerta. Naves cisterna, cilindros de metal ligero que contienen, que envasan, que trasportan la marea humana por el mar sin olas de las nubes. Latas de Acuarius.

Mi avión se había quedado encallado en algún lugar entre dos tour-operadores; yo tomaba el sol en el espigón de vidrio y hormigón de la terminal, mientras dosificaba mis magras provisiones de náufrago, el almuerzo de cortesía con que nos obsequiaba la compañía de bajo coste a cambio de hacernos perder la marea, de llegar el primer día de nuestras vacaciones en la madrugada del segundo, cansados y gruñones, nuestras gafas oscuras sedientas de sol tapando piadosamente las legañas, temblando irritadas ante los primeros rosados del astro del alba. Mis compañeros de vuelo se habían adueñado de las mesas de la estrecha cafetería enarbolando sus vales canjeables, marcando su espacio e imponiéndose los unos a los otros sus fronteras como un enjmabre de vociferantes leones marinos en una ribera pedregosa. Una mesa simple, apenas mayor que una banqueta. Un espacio apenas conservado, pero mío. Y una mujer buscando mesa con los ojos, sin vale en la mano, sola y en silencio. Y una mesa que podía ser de dos, y un gesto invitándola.

Camisetas playeras. Falsos lacostes de cocodrilos de ojos rasgados. Deportivas con luces de posición y gorra de beisbol en un niño. Bermudas abultadas con el móvil. La espera que devora los vales canjeables por comida. Libros que se abren, mi Palm Zire, móviles con juegos, ningún ordenador portátil en aquel vuelo de turistas. Ella no es de mi vuelo: abre uno. Modosa. Escribe con dos dedos, ágilmente. Treinta o cuarenta por cumplir, indefinidos, poco arreglada o friolera. Jersei fino de hilo, de cuello vuelto. Falda rancia, lisa. Sin evidencias externas de crucifijo. Etiqueta de monja, provisional. El lap-top suspende el diagnóstico. Opus Dei, tal vez. La Obra es una orden de frailes con agenda, sus cílicios son los calcetines de ejecutivo. Sus mujeres son otra cosa, no se las ve con un ordenador portátil, llevan a cuestas la cruz de cuatro o cinco angelitos llorones.

Pepito Piscinas de los veranos del año 2000, el Terminator ligón de aeropuertos desactiva, por el momento, sus scanners. No hay presa para el cazador; no se puede comer lo que no está en las listas clasificado como puro, lo que ni siquiera aparece en las listas, tal vez venenoso como algún fabuloso animal de otro mundo hecho con piezas sueltas de unicornio, de virgen, de hechicera, de yogur caducado. Pero el naturalista quiere clasificar al nuevo fósil, la batería de la Palm está baja, el turista se aburre: una pregunta sobre el uso del enchufe más próximo para recargar la batería, dos o tres ociosidades más que ella no rehuye, saco el termo del té, que también se enchufa si se quiere: detalle de sofisticación de tienda de todo a 100 que siempre da para hablar.

Serví té, y hablamos. Ni monja ni del Opus. Beata, tal vez, y si virgen, no de ojos. Una organización aproximadamente misionera. Cooperante en un desierto cuarteado dos años de su vida, los dos últimos de la vida de tantos. Guerra, hambre, peste, muerte. Las minucias de costumbre. El pequeño apocalipsis cotidiano que ocurre a un millón de años luz de nuestras cosas, a diez siglos por detrás de nuestra era, a unas escasas seis horas de aeroplano, a treinta minutos de telediario de una tranquila y truculenta sobremesa, un día cualquiera de una dormida tarde de verano. Una plaga acabó casi totalmente con la pequeña comunidad que la acogía: los medios fueron siempre pocos, los socorros de emergencia siempre por debajo de unas previsiones menguantes, al final no llegaron. Una gran tragedia fue el remate final, la última gota.

-No tenía sentido quedarme allí, al final murieron todos. ¿Empezar en otro sitio? No pude más. Me vengo a casa a descansar; pero hasta que no cruce su puerta, no sabré si mi casa se quedó allí. La lógica dice que tanto vale una vida como otra, pero no es verdad. Conocía sus nombres, entendía su dialecto. Me hablaban con cariño. Aquellos eran mi gente; los demás, estadísticas. Y ya no queda ninguno. Fue tan brusco, tan inesperado. A ellos también se los llevó el Tsunami."


No la quise interrumpir, pero algo rechinaba. Sus historias de sequía, de sed, de hambruna. De cadáveres secados por el sol, de pozos mustios. No lograba identificar aquello con el Sudeste Asiático, con la ola imparable retransimitida por satélite que arrastraba chozas, bungalows y vegetación tropical, que arrancaba vidas y palmeras. Ella entendió mi expresión, y sonrió natural, naturalmente triste, y me siguió explicando.


-Es una forma de hablar, naturalmente. Así me lo digo yo, a veces se me escapa. Entiéndeme, el Tsunami pasó dónde pasó, y aunque tuve pocas noticas, fue, lo sé, algo terrible. Pero se llevó a los míos con tanta fuerza como ahogó a esos cientos de miles de pobrecillos. Si el agua arrastra lejos tu bebida, mueres de sed. Teníamos unos socorros prometidos, y fueron, en su totalidad, desviados a Asia. La gran tragedia que estaba en las mentes y en las televisiones de todo el mundo. El gran esfuerzo caritativo, prioritario. Nuestra situación era grave; sin ayuda, perdimos la batalla definitivamente. Un virus fue el final; tal vez fue el hambre.

-Lo siento. Tienes toda la razón, no es justo.

-No, no he dicho eso. Lo contrario tampoco hubiera sido justo, nada lo es. Las organizaciones que manejan esto, empezando por las grandes Agencias internacionales, los gobiernos, hacen más o menos lo que les manda la opinión pública, lo que saben que va a ser bien acogido por la gente que, al final, pone el dinero. Se pretende que, para otra vez, también lo pongan; hay que tener al cliente satisfecho. No les culpo. La gente siente más la tragedia que ve, que conoce. Primero, tu familia, tus amigos, tus vecinos, los que podrían haber sido tú. Cada vez más lejos de la vista, disminuyen de tamaño. Los problemas del otro lado del mundo los tapa el horizonte, sólo se ven pequeños detalles que sobresalen, y se ven muy pequeños. Los medios bombardeaban a un montón de gente más o menos buena, normal, que son como son, con el Tsunami. El tsunami les importaba un poco, sólo un poco, no mucho. Nadie, tan lejos, lloró. Ni ellos, ni tú, ni yo. No podemos sentirnos superiores.

"Tú lllorarás por tus seres queridos, y a mí ya no me quedan lágrimas para llorar por tantos. En los nuestros derramaremos lágrimas y esfuerzos; los lejanos son meras cifras. Cifras de cinco ceros en Asia, de un mísero par donde mi gente. Eran gente, y ya son cifras, ceros que se pierden en las columnas de una contabilidad que empezó con el mundo; unas negras y flacas letras de tinta de un recorte de periódico no muy destacado, en una biblioteca que amenaza con desbordar sus muros, de hundir en muerte sus estanterías. Unas cifras que son para ti como cualquiera otra, y entiendo que es lógico, pero que para mí no eran eso, porque tenían nombres, manos, pies, voz y sonrisa. Ojos que se fijaban en mí cuando me hablaban. Ojos que sigo viendo cuando cierro los míos, ojos que sigo sintiendo que me miran.

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De donde procede la luz.


"Atala", pintura de Richard Franklin.




-Tiene usted un coágulo linfático en una zona muy delicada del cerebro, relacionada con la visión, la memoria, y la respiración involuntaria. Vamos a operar de urgencia, pero es muy, muy peligroso.

-Puede ser por eso que todo lo que veo me parece tan brillante, tan hermoso, como iluminado por una luz especial, como único en el Universo. Y también, cada instante que pasa, incluso en esta cama, en esta sala que debería ser tan poco atractiva, me parecen momentos dorados, maravillosos, irrepetibles. Es curioso, pero tan, no sabría cómo llamarlo, inefable...

-Me alegro que al menos eso le sirva para tomárselo bien. Ya le he dicho que es una operación muy peligrosa. Vamos a anestesiarle.

Soñé que moría. He despertado esta mañana a las nueve pasadas. Acabo de llegar al trabajo, haciéndome el enfermo. Escribo todo esto y evoco aquel extraño sueño de mi muerte, del que me desperté tan reconfortado. Porque era verdad: las imágenes eran extrañamente coloridas y brillantes. Las caras del personal que me atendía eran vívidas, detalladas. Recuerdo la sonrisa que me dedicó una chica mientras me ponía la mascarilla. Joven, veintipocos, ni guapa ni fea. Pero viva como muy pocos sueños: recuerdo las imperfecciones de sus dientes, unos pequeños restos de piel seca en las comisuras de sus labios. Los poros, las manchas, el vello casi invisible de su rostro, que, como en la vida real, no la afeaban como afean vistos en una foto o en el cine. Sus pestañas, sus cejas. Sus ojos verde pistacho de gitana, que creí ver que también sonreían. Morí, me desperté tranquilo.

Y he pensado en mi sueño en el camino. En esos colores que soñé que veía y que hasta en el sueño me sorprendían, que no puedo describir, pero recuerdo intactos. Y he recordado también muchas muertes narradas en la ficción. Las alegorías cristianas excesivas en el final del mundo de Narnia, ese tránsito de los protagonistas, y de todos los figurantes animales, a un mundo más verdadero, que es la Muerte, con las cosas iguales que en el nuestro o en la Narnia extinguida, pero más bellas, más nuevas, siempre vivas. Y me pregunto si el brillo está en el sueño, o es sólo un rastro de lo que vendrá, que he venido creyendo oscuro y sin historia, como el sopor que provoca la anestesia. Y seguiré preguntándome, porque ese color está grabado en mi mente, más tanible que despertar con una rosa en la mano, y ahora me inquietan los colores más brillantes de mis sueños, y me inquietan aún más de lo que suelen, las punzantes sensaciones que me agitan, el dolor gozoso que bautizaron como Stendhal, que se apodera de mí cuando me enfrento, a manifestaciones imprevistas de las obras de arte más sublimes, o a la belleza de las rosas hace muchos años, cuando los primeros rayos del sol hacían brillar las cumbres de Sierra Nevada, y yo veía tan lejana la forma de la rosa, y tan terrible, como el blanco fulgor del pico del Veleta, y me volvía a embargar aquel dolor que añoro, que busco con ansia, a mi pesar, que atravesaba mi alma de lado a lado como el frío viento del alba, tan punzante como las espinas de las rosas que jalonaban mi paso y despedían cuando me recogía al amanecer y mi camino me llevaba, tan tarde, o tan temprano, por los jardines de Fuentenueva una mañana de ayer, de hace ya mucho tiempo, por un paisaje brillante que no olvido.

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El lenguaje perdido.

Se erguía como una montaña de carne a las puertas de la disco de verano. Me preguntaba qué sería esta vez, si mis zapatos, mi camiseta, o un careto de los que nunca se verán en una tarjeta de crédito VIP de ésas que incluyen foto. La respuesta fue la de siempre. Me puso una manaza en el hombro y me lo dijo:

-No puedes pasar.

En sus nudillos vi tatuadas runas. Otras más por los brazos y los hombros. Runas de Daeron, como las que se usaban en la antigua Moria, como las de las inscripciones del prefacio de "El Hobbit", que aún recordaba de otros veranos más silenciosos. Tardé unos segundos en descifrar las runas: "KMKM"; en aquella mano ponía "Pepe".

Me entretuve en leer más tiempo de la cuenta. Aquella mano se aferró a mi
hombro con más fuerza. Se repitió la sentencia:

-No puedes pasar.

Y yo respondí:

-No puedes pasar. Soy servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la Llama de Anor.

Y él dijo:

-El fuego oscuro no te servirá de nada, llama de Udùn.

Y yo:

-¡Vuelve a la sombra!

Y él, por fin:

-No puedes pasar.

Y pasé. Para despedirme, dije "Mellon", otra contraseña, mientras me adentraba en las profundidades, por fin franqueado el puente de Khazad Dum, dejado atrás el guardíán de la Puerta.

Estos hechos ocurrieron hace mucho tiempo, en otra edad del mundo, cuando yo todavía iba a discotecas, antes de el mundo cambiara y una ola furiosa que vino de Hollywood más allá del mar arrasara las tierras, y condenara a los amigos de los elfos a vivir escondidos, a perderse entre una multitud de gente que sólo se les parecía.

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La simetría de los copos de nieve


Inmaculada Martínez Gutiérrez
Este relato fue el ganador del II Concurso de cuentos de Navidad convocado por el Diario Ideal en 2.004

Largos viajes en tren. Rememorados desde la edad madura, sus primeros recuerdos se confundían con recuerdos más recientes; con los sueños, con las fantasías que todos aventuramos para llenar los huecos de nuestra memoria. Con las historias que le contaron sus padres, que eran los recuerdos, o las fantasías de otros. Pero el tren siempre estaba allí, casi siempre en invierno, el olor a cerrado y a madera vieja barnizada mil veces, el constante traqueteo de aquellas vías de otros siglos, la vibración, el fuerte chorro acre de la calefacción, y su calor levemente fétido. Por contraste, el chorro de aire limpio, pero helador, que entraba por las puertas en aquellas estaciones rurales vacias perdidas en una llanura interminable salpicada de escarcha; el tacto resbaladizo y frio del vidrio de la ventanilla, el vaho que velaba el paisaje, y al despejarlo con la torpe manecita de niño, un borrón oval de transparencia que dejó una vez ver los miles de diminuots copos de nieve llevados por el viento, estrellitas viajeras que morían adheridas a la ventanilla, dejando un suave hilo de rocío. -"¿Los ves, Güito? Son como estrellitas, pequeñas estrellitas blancas. ¿Ves que tienen como brazos? Hay tantas, tan parecidas. Pero nunca verás dos iguales"
Una ciudad sin rocío. Los copos de nieve habían muerto en grandes fosas comunes de helada grisácea que se amontonaban junto a las aceras; entre los baches y los socavones de las obras el hielo se fundía en un barro duro y gris con polvo de cemento. Por entre las vigas de acero de los edificios en construcción sobresalían de la neblina las altas torres de ladrillo. Sus bocas exhalaban humo negro y brillante al mismo tiempo, veteado de chispas cobrizas que salpicaban el cielo y las negras y angulosas osamentas de aquel bosque de vigas entrelazadas.-“Mira, Güito. Allí está tu padre. La fábrica grande de ladrillo rojo. Ahora te enseñaré donde vamos a vivir. Cuidado con tus cosas. No las pierdas. Ven, ven, no te pares“. Un ladrón. Cómo le sorprendió el nombre de aquel pequeño aparato. Del oscuro cable en el centro del techo donde antes estaba solitario el casquillo de la bombilla brotaba ahora un coro de hilos divergentes: una radio con una adusta rejilla de baquelita, como una jaulita para gorriones invisibles. El trino de aquellos gorriones eléctricos eran suaves melodías que decían cosas que no entendía. De otros hilos colgaban luces de colores a lo largo del techo y las paredes, hasta un árbol rematado en una estrella brillante, que se encendía y se apagaba. -“¿Es una estrella del cielo o es de nieve?“ -“Da igual, Güito, lo que tú quieras. Es una estrella de Navidad“ -“El abuelo dice que las estrellas de la nieve no son nunca iguales. Nunca, nunca. ¿Él me dirá de qué es esta estrella?“ Sólo le contestaron los gorriones de Telefunken. Con los días se iba habituando a aquellas palabras, le pareció captar algunas. „ Du grünst nicht nur zur Sommerzeit, nein, auch im Winter, wenn es schneit“. Algunas cosas no se les cuentan a los niños en Navidad. Y la estrella eléctrica siguió con su apagar y encender mecánico, y duró muchas navidades, hasta que tras uno de los muchos regresos apareció quebrada en el fondo de una caja. Creyó que no le gustaba, y lo sintió como otra de tantas pérdidas, otra esquirla desgajada de sus recuerdos. Preguntó en muchos sitios, en muchas tiendas, andando y en autobús, pero no encontró ninguna igual a aquella estrella, fabricada tan lejos, y hacía tanto. Largas ausencias, largos viajes. Y reencuentros. Algunas cosas se procuraban hacer lo más parecidas posible de un año a otro; eso cimenta los recuerdos. Las paredes de la casa atrapaban el calor, y daban eco a las canciones, y parecía que hacían lo mismo con el tiempo, al menos aquellas noches donde todo se movía y al mismo tiempo todo estaba en paz y perduraba. Pero un hilillo de vida imperceptible se iba por las rendijas de los postigos. Una bombilla intermitente que dura sin cambios, no se extingue poco a poco. Aparece rota. Una situación que permanece igual largo tiempo, y todo cambia tan bruscamente. El regreso anual, y los que le esperaban en la estación, como cada año. Y no son todos los de cada año. „Para qué decírtelo, tú tan lejos, que podías tú hacer. Yo, ya ves, me apaño, no te preocupes“. Algunas cosas no se cuentan a los niños enseguida.
Nunca se sabe cuándo es la última vez. A veces se sabe cuándo es la primera. La primera vez que bajó del tren y no quedaba nadie. Y poco después, sólo estaba ella, con la que nunca había pasado una Navidad. Los paseos en moto junto al río, los baños, los besos, eran ahora un recuerdo de la canícula, un escalofrío levemente risueño. „¿Las hojas brillan verdes no sólo en el calor del verano, sino también en el invierno, cuando nieva?“ Una tímida duda de que aquellas risas de poco antes les sustentaran para aquellas fiestas. Y todas las que podían esperarles, allá, en los siguientes trenes, parecían un peso, un destino temido, al mismo tiempo que una promesa. Un premio de lote navideño, un espumoso barato y picante, y fruta en almíbar, y migas de mazapán que la risa desperdigaba sobre el suelo de la casa sin muebles, más allá del mantel que alojaba las velitas y las servilletas de papel. Ya llegarán los muebles, los cubiertos, un Belén, también un árbol. Pero la primera es ésta. Fue una primera sin nieve. En el vaho de las ventanas dibujaron monigotes, mientras cantaban: en el vidrio hubo rayas efímeras casi infantiles queriendo decir „camello“, „rey“, „pastor“,“niño“. En el primer silencio fueron a la ventana más grande y fría de la cocina, y en su perfecta pátina de condensación él guió el índice de ella para dibujar una pequeña estrella de seis puntas, y le contó el secreto de los copos de nieve, que un simple hecho que todo el mundo sabe y puede ver, si se cuenta en la penumbra fría de una Nochebuena contiene el Misterio que sólo una vez se entiende en su plenitud. Aquella estrella fue el único dibujo que se hizo en aquella ventana, y pudo verse todo un invierno. Pasaron unos años antes de que los copos se asomaran a aquella ventana de la cocina. Ya no parecen tan frios los inviernos, y los trenes y regresos sólo son por gusto: el gusto está siempre en regresar. Aquella mañana de Diciembre soplaba una brisa muy suave que no lograba arrancar ningún ruido y apenas bastaba para arremolinar los copos en una dulce y juguetona aglomeración en las esquinas del cristal . Cuando vio aquello dejó el tazón de café que perdía calor en aparatosas volutas de humo, y subió por una manta. Poco después de los entresijos de aquella manta surgía una manita tibia que él estrechaba para mantenerla abrigada. Y para guiarla. Para entre los dos desdibujar el vaho de la ventana, y echar una mirada por primera vez a los cándidos cristalitos hexagonales.-“Mira, Güito, hay tantas, tan parecidas. Y nunca verás dos iguales. Éstas se fundirán, y vendrán otras. Millones de ellas, hasta el fin del tiempo. Pero esta de ahí no la volverás a ver más. Ni ésa. Ni ésa. Pero son tan parecidas, todas dibujadas con los mismos trazos“

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Ángeles tutelares.

“Vamos, vamos Predator
yo te quiero dar
mi amor por tus colores
y tus ganas de luchar”

Se abrió la puerta del ascensor, y salió la vecina del segundo, la del Alzheimer. La chacha ecuatoriana la llevaba resignadamente de la mano mientras la anciana se resistía al avance en direcciones aleatorias con la testarudez de los niños y tropezaba con los escalones que las nubes de sus ojos le ocultaban, todo ello entonando con voz de misa de siete aquella cantinela grotesca de barra brava que había servido para promocionar una más de tantas películas de sangre durante la retransmisión televisiva del Barcelona-Madrid del sábado.

Ya en otras ocasiones me habían llegado por el patio de luces sus versiones desfallecientes de Antonio Machín, de Manolo Escobar, Heidi, Marco, Vickie el vikingo, y hasta de Paco Ibáñez; gustos musicales aparte, no me chocó entonces esa memoria tan notable en una enferma, recitando a la perfección piezas asombrosamente largas, angelitos negros y coplas a la muerte de su padre completas; la memoria lejana de los ancianos es legendaria, aún de los seniles. Pero no era ése el caso en la cantinela de Predator, que había tenido que aprender muy recientemente mientras seguramente dormitaba a la luz de los rayos catódicos y miraba sin ver las figuritas de colores que corrían por la pantalla.

En el camino al trabajo seguía pesándome la imagen, y no pude evitar recordar una anécdota de la que fui actor, pero de la que no guardo más recuerdo que el relato de los testigos: aquella vez que saliendo de quirófano después de una peritonitis que casi me costó la vida me dio por cantar todavía inconsciente. Ninguna serie televisiva de ambiente hospitalario se atreverá jamás a llevar a la pantalla aquella escena pintoresca de un treintaañero corpulento que, mientras es llevado en camilla a reanimación, demacrado, abierto en canal y cosido en veinte puntos de sutura, ameniza el recorrido por los pasillos del hospital cantando “Dale caña a tu cuerpo Macarena” con su hermosa voz de baritono algo cascada por la abrasión de los tubos en la garganta.

El concepto de memes nunca me pareció más que un punto de vista muy antropomorfo para explicar fenómenos bien conocidos, como lo del gen egoísta, o la memez de Gaia: otra imagen ingeniosa que se convirtió en dogma de fe del pensamiento débil una vez fue llevada más allá de su original propósito didáctico. Pero en el autobús me llevó hasta la náusea existencial la imagen recurrente de nuestra especie vista como un ganado infantil, senil, ciego, y sordo; al mismo tiempo testarudo y dócil, como siempre es el ganado; un anfitrión anestesiado en cuyo interior Paco Ibáñez y Macarena luchan a zarpazos por la supervivencia apretujados en Legión con el Corán, el Esperanto, la etiqueta en la mesa y los chistes de Lepe. Demonios, aliens, ectoplasmas de la cultura que nos someten a servidumbre, y al mismo tiempo nos hacen lo que somos. El soplo divino, el monolito que escogió a un animalillo curioso de las llanuras y le entregó el mundo a cambio del noventa por ciento de su alma, con opciones al diez por cien restante pagadero en cómodos plazos de aceptación sin crítica.

Está el rebaño con el ciento por ciento ocupado: los poseídos por un demonio sin cara que lanzan un avión contra ventanas llenas de rostros que les miran, los pobres aliens nacidos por error en el cuerpo de un adolescente que se masturban en Klingon, los inquisidores de la herejía teológica, política, estética. Las palizas al que lleva otro jersey, otro peinado. El odio por sutilezas que más anima al que menos las entiende. El que vive más la vida del papel couché que la propia, y convierte en sus únicos vecinos y parientes a las sombras chillonas que viven en la casa de putas que regenta Mercedes Milá.

Estamos los que aspiramos a una ilusión de libertad reservando un pequeño jardín en el diez por ciento que de todas maneras no podemos dejar vacío, y lo vamos poblando con nuestras propias creaciones, que se convierten en nuestros amigos imaginarios, en nuestros propios paisajes, nuestras mascotas. Y sin olvidarnos de dejar un hueco a los Invitados, las sombras de otros jardines más vastos, que siendo lo que son, espíritus, tal vez en otros jardines peor cuidados se hayan convertido en potestades y se hayan apropiado la cabeza de pobres diablos como los que hoy rezan en élfico, o los que en el pasado se batían a primera sangre por un quítame allá esa rima y se suicidaban por romanticismo. No se les puede culpar por ello; la tentación de hacernos la vida más sencilla buscando un amo a quién servir siempre estará presente.

Pero los mismos seres intangibles que pueden ser demonios o tiranos pueden ser aliados, fieles compañeros de una vida. Pueden abrirte paisajes que abarcan más allá de lo que nunca dibujaste en tus mapas. Amigos que nunca te abandonarán; ejemplo y consejo, si se lo pides. Un escudo y una armadura, un arco y flechas para abatir serpientes, una linterna para la oscuridad, un guía a través de selvas umbrías y círculos infernales. Aliados, amigos, abogados de tu libertad, espíritus tutelares: ángeles custodios.

La tonadilla del aserejé se arrojó sobre mí desde el hilo musical del autobús. Intenté conjurarla con Brahms, difícil de tararear, un esfuerzo inútil. Recurrí entonces a los pocos fragmentos que atesoro en mi recuerdo del otro poema de los dones y empecé a recitarlos como un mantra, como una letanía, como una petición de ayuda a mis ángeles tutelares. Y di gracias por la razón, que no cesará de soñar con un plano del laberinto, por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises, por el mar, que es un desierto resplandeciente y un epitafio de los vikingos, por el oro, que relumbra en los versos, por el épico invierno, por el nombre de un libro que no he leído, por el último día de Sócrates.

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El País del Ayer

Enoch Wallace preparaba café para Ulises. Levanté la vista del libro para admirar su cuerpo a la luz dorada del final del día. Dormía sobre mi regazo, la cabeza apoyada en mi pecho, menuda como un hada, o como un cachorro. Sus ojos ámbar de leona me miraron.

-¿No has pensado antes que estos pueden ser los días más felices de tu vida?- me preguntó.

-La felicidad sólo puede apreciarse en el recuerdo, en el contraste de la pérdida. Sí, puede que lo sean, pero no lo sabré hasta que te hayas ido para siempre.

-Eso no puede tardar mucho más, ya lo sabes. Y me quedaré con las ganas de que me digas que has sido feliz. Cuando yo no esté, llorarás de rabia queriendo que te oiga, gritarás como un loco como si tu voz pudiera oírse tan lejos.

-¿Y qué puedo hacer, ni ahora ni entonces?

-Te visitaré en sueños, y me lo dirás. Recuérdalo la próxima vez. Ahora, mi vida, ¡despierta!.

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